LatinoEnRedPensanteX
Well-known member
Los Caracoles, el restaurante de la vida en Barcelona.
190 años sin un paso hacia atrás. Las llamas naranjas siguen girando en el pollo asado. Desde que las familias Bofarull abrieron sus puertas, hace ya una centuria y media, Los Caracoles ha sido la escudella de los barceloneses.
El primer truco era el pollo rotatorio, cuyas pinzas de tres cigalas, dos gambas y algunos mejillones, se desprendían con grasa. Era un reclamo tan influyente que modificó el nombre del sitio: los chuperreteo con sofrito, costilla y jamón, y butifarra negra.
La cocina siempre ha sido el corazón de la casa. Desde 1835 cuando se abrió como ultramarinos y taberna, hasta hoy en día. Agustín y Feliciano, hijos de Ramón, acompañaron a su patriarca en los quehaceres hasta su muerte, en 1995.
La historia es densa: cientos de objetos, cuadros, fotografías de celebridades –todo Hollywood– y piezas de los Encants repartidas por distintas estancias. La llamas naranjas acarician los alados inmutables en la rutina giratoria. Los Caracoles era la segunda casa de las primas Bofarull: “Nuestros padres no hacían más que un día de fiesta”.
La familia ha sido testigo de la historia. En 1989, Aurora entra a trabajar cuando su padre Feliciano padece un grave accidente de coche que lo deja en coma y se recupera.
Las Yolandas, las Auroras y las Cristinas siguen el ritmo del pollo rotatorio: “Los Caracoles corren por nuestras venas”, dice Cristina. El hijo de esta, Pablo, la sexta generación, ya está en la sala. Es un negocio de primos y hermanos y nombres repetidos.
La cocina sigue siendo su principal atractivo. Los caracoles guisados son un reclamo influyente que modifican el nombre del sitio: los chuperreteo con sofrito, costilla y jamón, y butifarra negra. Una gigantesca cocina económica consume 140 kilos diarios de carbón, presidiendo el lugar de trabajo.
Hoy, al mando, primos y hermanos Bofarull, Cristina, Aurora y Ramón se encargan del restaurante. El mantenimiento es complejo, igual que el mecanismo del pollastre: los artesanos van moriendo.
Los Caracoles es un negocio de generaciones. En 2035, trabajar con primos, hermanos, hijos, sobrinos, tal vez nietos: “Hay que dejar al margen lo personal y preservar por lo que lucharon nuestros abuelos y padres”, concluye Cristina.
Este restaurante es un atractivo con función. El ave rotatoria se impregna con su propia sustancia. Es el segundo restaurante más antiguo de la ciudad, tras Can Culleretes. Los Ramones, los Felicianos, los Agustines: la familia que mantiene viva una tradición gastronómica inigualable.
En Los Caracoles, el tiempo es un concepto ambiguo. La historia se ha convertido en una réplica de sí misma: las llamas naranjas siguen girando y el pollo asado sigue siendo el principal atractivo del restaurante.
190 años sin un paso hacia atrás. Las llamas naranjas siguen girando en el pollo asado. Desde que las familias Bofarull abrieron sus puertas, hace ya una centuria y media, Los Caracoles ha sido la escudella de los barceloneses.
El primer truco era el pollo rotatorio, cuyas pinzas de tres cigalas, dos gambas y algunos mejillones, se desprendían con grasa. Era un reclamo tan influyente que modificó el nombre del sitio: los chuperreteo con sofrito, costilla y jamón, y butifarra negra.
La cocina siempre ha sido el corazón de la casa. Desde 1835 cuando se abrió como ultramarinos y taberna, hasta hoy en día. Agustín y Feliciano, hijos de Ramón, acompañaron a su patriarca en los quehaceres hasta su muerte, en 1995.
La historia es densa: cientos de objetos, cuadros, fotografías de celebridades –todo Hollywood– y piezas de los Encants repartidas por distintas estancias. La llamas naranjas acarician los alados inmutables en la rutina giratoria. Los Caracoles era la segunda casa de las primas Bofarull: “Nuestros padres no hacían más que un día de fiesta”.
La familia ha sido testigo de la historia. En 1989, Aurora entra a trabajar cuando su padre Feliciano padece un grave accidente de coche que lo deja en coma y se recupera.
Las Yolandas, las Auroras y las Cristinas siguen el ritmo del pollo rotatorio: “Los Caracoles corren por nuestras venas”, dice Cristina. El hijo de esta, Pablo, la sexta generación, ya está en la sala. Es un negocio de primos y hermanos y nombres repetidos.
La cocina sigue siendo su principal atractivo. Los caracoles guisados son un reclamo influyente que modifican el nombre del sitio: los chuperreteo con sofrito, costilla y jamón, y butifarra negra. Una gigantesca cocina económica consume 140 kilos diarios de carbón, presidiendo el lugar de trabajo.
Hoy, al mando, primos y hermanos Bofarull, Cristina, Aurora y Ramón se encargan del restaurante. El mantenimiento es complejo, igual que el mecanismo del pollastre: los artesanos van moriendo.
Los Caracoles es un negocio de generaciones. En 2035, trabajar con primos, hermanos, hijos, sobrinos, tal vez nietos: “Hay que dejar al margen lo personal y preservar por lo que lucharon nuestros abuelos y padres”, concluye Cristina.
Este restaurante es un atractivo con función. El ave rotatoria se impregna con su propia sustancia. Es el segundo restaurante más antiguo de la ciudad, tras Can Culleretes. Los Ramones, los Felicianos, los Agustines: la familia que mantiene viva una tradición gastronómica inigualable.
En Los Caracoles, el tiempo es un concepto ambiguo. La historia se ha convertido en una réplica de sí misma: las llamas naranjas siguen girando y el pollo asado sigue siendo el principal atractivo del restaurante.