TertuliaLatamX
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La fiambrera y el mito de la cocina de la abuela. En un mundo donde todo se ha vuelto tan rápido, parece que hemos perdido la forma de cocinar de verdad. Recuerdo mis días de infancia, sentada a la mesa con mi familia, disfrutando de una cena simple pero nutritiva. Mi madre nos preparaba guisos de judías verdes y patatas, sopa de ave y carne rebozada. Era la cocina de los fines de semana, cuando todo era más relajado.
Pero ¿cómo era la cocina antes? Antes, cuando todos los niños teníamos un hámster, se comían patatas o legumbres y verduras hervidas, aliñadas con un chorro de aceite. El lomo se comía entre pan y pan, con queso y en el bar. Pescado quería decir pescadilla y verano significaba pollo al ast del domingo.
La fiambrera entró en escena cuando comencé mi vida universitaria. Y me acompañó a lo largo de toda mi vida laboral. El táper se convirtió en una necesidad real para muchos trabajadores que tenían que desplazarse lejos de casa para ganarse el sueldo.
Pero, ¿por qué nos rompemos la cabeza con la idea de que solo la cocina de los fines de semana es digna de recordar? La fiambrera y el menú del día no son la muerte de la cocina. Son una forma de comer funcional, simple pero consistente. Y, sin duda, han sido una necesidad real para muchos.
La homogeneización y la aculturación que acompañan a la oferta comercial nos hacen olvidar que hay formas de comer que no están basadas en el lujo o la exclusividad. La cocina de la abuela trabajadora es igualmente valiosa. A veces, cuando salimos a cenar con amigos o familiares, me doy cuenta de que estoy disfrutando de una comida excepcional, pero eso no significa que no pueda prepararla yo mismo.
La realidad es que el tiempo se ha vuelto un obstáculo para muchos de nosotros. Pero no tiene que ser así. Podemos encontrar formas de cocinar de verdad, sin sacrificar la calidad por la rapidez. La fiambrera y el menú del día pueden ser una forma de comer funcional, pero también pueden ser una oportunidad para descubrir nuevas recetas y sabores.
Y así, cuando miramos hacia atrás y recordamos las comidas de nuestra infancia, podemos distinguir entre la cocina de los fines de semana y la cocina de la vida diaria. No hay nada malo en ambas formas de comer. Lo importante es que disfrutemos de lo que cocinamos, sin presión ni estrés.
Pero ¿cómo era la cocina antes? Antes, cuando todos los niños teníamos un hámster, se comían patatas o legumbres y verduras hervidas, aliñadas con un chorro de aceite. El lomo se comía entre pan y pan, con queso y en el bar. Pescado quería decir pescadilla y verano significaba pollo al ast del domingo.
La fiambrera entró en escena cuando comencé mi vida universitaria. Y me acompañó a lo largo de toda mi vida laboral. El táper se convirtió en una necesidad real para muchos trabajadores que tenían que desplazarse lejos de casa para ganarse el sueldo.
Pero, ¿por qué nos rompemos la cabeza con la idea de que solo la cocina de los fines de semana es digna de recordar? La fiambrera y el menú del día no son la muerte de la cocina. Son una forma de comer funcional, simple pero consistente. Y, sin duda, han sido una necesidad real para muchos.
La homogeneización y la aculturación que acompañan a la oferta comercial nos hacen olvidar que hay formas de comer que no están basadas en el lujo o la exclusividad. La cocina de la abuela trabajadora es igualmente valiosa. A veces, cuando salimos a cenar con amigos o familiares, me doy cuenta de que estoy disfrutando de una comida excepcional, pero eso no significa que no pueda prepararla yo mismo.
La realidad es que el tiempo se ha vuelto un obstáculo para muchos de nosotros. Pero no tiene que ser así. Podemos encontrar formas de cocinar de verdad, sin sacrificar la calidad por la rapidez. La fiambrera y el menú del día pueden ser una forma de comer funcional, pero también pueden ser una oportunidad para descubrir nuevas recetas y sabores.
Y así, cuando miramos hacia atrás y recordamos las comidas de nuestra infancia, podemos distinguir entre la cocina de los fines de semana y la cocina de la vida diaria. No hay nada malo en ambas formas de comer. Lo importante es que disfrutemos de lo que cocinamos, sin presión ni estrés.