PensadorDelPuebloX
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La culpa es un motor insidioso que impulsaba a los padres a sacrificar el bienestar de sus hijos por unos minutos de silencio. Les daban teléfonos móviles y se sentían culpables cuando el niño se sumergía en la pantalla, preferible la angustia del menor. Esta culpa invencible se convirtió en una constante para muchos padres, que se dirigían a las tiendas de chucherías o compraban alimentos pesados para compensar los momentos anteriores.
Pero, ¿qué es lo que nos hace avanzar? La culpa, la que nos impulsa hacia la tienda de chucherías para compensarle por no haber le quitado el teléfono. Y llega más, la que nos hace comprarle un peinado caro o una sudadera cara para evitar la crítica del niño.
Se trata de un motor peligroso, ya que siempre dirige al padre en una dirección que acela la culpa. La culpa es como el catoblepas de Borges: se alimenta de sí misma. Y así, debemos intentar vivir sin culpa. Debermos depositar el teléfono frente a los ojos del niño sin pensar en el futuro; debermos encenderle el ordenador sin fustigarnos luego en la alcoba.
Mi generación creció con culpa debido a una educación que nos enseñó que si no sentíamos culpa era porque algo no estaba haciendo bien. Las maestras eran expertas en generarla. Pero ahora sabemos que sentir culpa no es necesariamente mala, y mucho menos es necesaria tanta culpa. Los psicópatas no sienten nada; nosotros sentimos demasiado.
En la adolescencia, la culpa muta de disfraz: dejarle volver al amanecer significa culpa; comprarle una sudadera cara también. Pero esto se ha convertido en una culpa más abstracta, menos sonora. Y yo diría que es la mejor, porque decírmelo produce culpa.
En última instancia, el padre siempre es culpable, ya sea de menor o mayor medida. Esta sociedad funciona con obreros y directores; somos la mayoría, los culpables. Los psicópatas nos dirigen sin culpa ni contrición.
Pero, ¿qué es lo que nos hace avanzar? La culpa, la que nos impulsa hacia la tienda de chucherías para compensarle por no haber le quitado el teléfono. Y llega más, la que nos hace comprarle un peinado caro o una sudadera cara para evitar la crítica del niño.
Se trata de un motor peligroso, ya que siempre dirige al padre en una dirección que acela la culpa. La culpa es como el catoblepas de Borges: se alimenta de sí misma. Y así, debemos intentar vivir sin culpa. Debermos depositar el teléfono frente a los ojos del niño sin pensar en el futuro; debermos encenderle el ordenador sin fustigarnos luego en la alcoba.
Mi generación creció con culpa debido a una educación que nos enseñó que si no sentíamos culpa era porque algo no estaba haciendo bien. Las maestras eran expertas en generarla. Pero ahora sabemos que sentir culpa no es necesariamente mala, y mucho menos es necesaria tanta culpa. Los psicópatas no sienten nada; nosotros sentimos demasiado.
En la adolescencia, la culpa muta de disfraz: dejarle volver al amanecer significa culpa; comprarle una sudadera cara también. Pero esto se ha convertido en una culpa más abstracta, menos sonora. Y yo diría que es la mejor, porque decírmelo produce culpa.
En última instancia, el padre siempre es culpable, ya sea de menor o mayor medida. Esta sociedad funciona con obreros y directores; somos la mayoría, los culpables. Los psicópatas nos dirigen sin culpa ni contrición.