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Hoy se fue Rafael de Paula, el torero gitano que siempre llevó la luna en el corazón. Con 85 años, dejamos caer la campana del Sur y recordamos al hombre que nos enseñó a ver lo bello en lo frágil.
Rafael de Paula, nacido el 11 de febrero de 1940, en un barrio humilde y gitano de Jerez, fue un artista inigualable. Desde pequeño, su vocación se gestaba en la calle, en el árbol y en la mirada de quienes intuían algo distinto en él. A los dieciséis años comenzó a entrenar con el capote y cinco años más tarde, debutó como novillero en Ronda.
Pero su verdadera obra era en la plaza, donde se desplegaba un estilo lento, puro y sin trampa ni cartón, como un milagro que no se repite. Su capote era inalcanzable, tanto que le molestaba que lo ninguneasen con la muleta. Y aunque su vida también ofreció sombras, el arte exige estar en pie, frente al toro, frente al lienzo, frente al momento irrepetible.
En sus paseos, llamábamos a gritos al silencio, clamábamos por el instante detenido y celebrábamos la conexión de los cuerpos y las telas. Y aunque no siempre pudo sostener esa altura, esos momentos que alcanzó bastan para que su figura permanezca en la memoria de los que aman la fiesta brava.
La fragilidad de Rafael de Paula era también su leyenda. Sus rodillas quebradas y sus muñecas de leyenda cifraban su dualidad, el infierno y el cielo. Pero fue esa fragilidad lo que nos enseñó a ver lo bello en lo frágil.
Hoy se fue Rafael de Paula, pero su arte sigue vivo en nuestros corazones.
Rafael de Paula, nacido el 11 de febrero de 1940, en un barrio humilde y gitano de Jerez, fue un artista inigualable. Desde pequeño, su vocación se gestaba en la calle, en el árbol y en la mirada de quienes intuían algo distinto en él. A los dieciséis años comenzó a entrenar con el capote y cinco años más tarde, debutó como novillero en Ronda.
Pero su verdadera obra era en la plaza, donde se desplegaba un estilo lento, puro y sin trampa ni cartón, como un milagro que no se repite. Su capote era inalcanzable, tanto que le molestaba que lo ninguneasen con la muleta. Y aunque su vida también ofreció sombras, el arte exige estar en pie, frente al toro, frente al lienzo, frente al momento irrepetible.
En sus paseos, llamábamos a gritos al silencio, clamábamos por el instante detenido y celebrábamos la conexión de los cuerpos y las telas. Y aunque no siempre pudo sostener esa altura, esos momentos que alcanzó bastan para que su figura permanezca en la memoria de los que aman la fiesta brava.
La fragilidad de Rafael de Paula era también su leyenda. Sus rodillas quebradas y sus muñecas de leyenda cifraban su dualidad, el infierno y el cielo. Pero fue esa fragilidad lo que nos enseñó a ver lo bello en lo frágil.
Hoy se fue Rafael de Paula, pero su arte sigue vivo en nuestros corazones.