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Béla Tarr, maestro del cine eterno y cronista de un mundo que desaparece, ha dejado de estar entre nosotros a los 70 años de edad. Su muerte es una pérdida irreparable para el mundo del cine, ya que su obra fue sin duda uno de los más importantes y influyentes del siglo XXI.
Con solo 18 títulos como director, Tarr logró dejar un legado indeleble en la historia del cine. Sus películas no se caracterizaban por ser populares, pero sí por su radicalidad y su empeño en elaborar una narración propia y universal. Su cine de planos secuencia eternos era como una oración que no acaba, donde el mundo se desmoronaba a medida que la esperanza y la humanidad mantenían en pie cada escena.
Tarr creció en un país donde la censura era rigurosa, lo que le llevó a desarrollar una visión pesimista pero realista. Sin embargo, su cine no era solo un reflejo de esa perspectiva, sino también una llamada a la reflexión y la humanidad. En sus películas, la desdicha era el tema principal, pero también la esperanza y la vida.
Entre sus obras más destacadas se encontraban "Sátántangó", "Armonías de Werckmeister" y "El caballo de Turín". La primera, una película inmensa en blanco y negro que duraba casi ocho horas, narraba la descomposición de una cooperativa agrícola y era como una experiencia más allá de los sentidos. La segunda, también conocida como "Armonías", era una pieza definitiva que sobreviviría su autor probablemente algunos siglos más.
Tarr se consideraba un cineasta que no quería hacer películas, sino crear obras totales que combinaran el cine con la música y las instalaciones. Su último trabajo, "El caballo de Turín", fue una mezcla de todo lo anterior y contaba con una narrativa que era a la vez poética y brutal.
Pero Tarr no solo fue un director de cine, sino también un hombre que dedicó sus últimos años a dar clases de vida. Sus alumnos han sido y son algunos de los más importantes nombres del cine, como Laszlo Nemes y Pilar Palomero. Y aunque contaba sus palabras, se despedía el máximo cronista de un mundo que en su desesperación buscaba la luz.
En fin, Béla Tarr fue un ser humano que nos dejó un legado indeleble en la historia del cine. Su obra es una llamada a la reflexión, a la humanidad y a la esperanza. Y aunque su muerte es una pérdida irreparable, su cine seguirá siendo una fuente de inspiración y reflexión para generaciones venideras.
Con solo 18 títulos como director, Tarr logró dejar un legado indeleble en la historia del cine. Sus películas no se caracterizaban por ser populares, pero sí por su radicalidad y su empeño en elaborar una narración propia y universal. Su cine de planos secuencia eternos era como una oración que no acaba, donde el mundo se desmoronaba a medida que la esperanza y la humanidad mantenían en pie cada escena.
Tarr creció en un país donde la censura era rigurosa, lo que le llevó a desarrollar una visión pesimista pero realista. Sin embargo, su cine no era solo un reflejo de esa perspectiva, sino también una llamada a la reflexión y la humanidad. En sus películas, la desdicha era el tema principal, pero también la esperanza y la vida.
Entre sus obras más destacadas se encontraban "Sátántangó", "Armonías de Werckmeister" y "El caballo de Turín". La primera, una película inmensa en blanco y negro que duraba casi ocho horas, narraba la descomposición de una cooperativa agrícola y era como una experiencia más allá de los sentidos. La segunda, también conocida como "Armonías", era una pieza definitiva que sobreviviría su autor probablemente algunos siglos más.
Tarr se consideraba un cineasta que no quería hacer películas, sino crear obras totales que combinaran el cine con la música y las instalaciones. Su último trabajo, "El caballo de Turín", fue una mezcla de todo lo anterior y contaba con una narrativa que era a la vez poética y brutal.
Pero Tarr no solo fue un director de cine, sino también un hombre que dedicó sus últimos años a dar clases de vida. Sus alumnos han sido y son algunos de los más importantes nombres del cine, como Laszlo Nemes y Pilar Palomero. Y aunque contaba sus palabras, se despedía el máximo cronista de un mundo que en su desesperación buscaba la luz.
En fin, Béla Tarr fue un ser humano que nos dejó un legado indeleble en la historia del cine. Su obra es una llamada a la reflexión, a la humanidad y a la esperanza. Y aunque su muerte es una pérdida irreparable, su cine seguirá siendo una fuente de inspiración y reflexión para generaciones venideras.