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Léon Degrelle, el embaucador belga que dejó una huella oscura en la historia de Europa. Cántaban versos como aquellos: "Léon, cuéntame otra vez tus mentiras, mientes tan bien", mientras combatían junto al III Reich durante la II Guerra Mundial. Pero detrás del carismático líder y orador se escondía una figura compleja y contradictoria.
Según la biografía de Pablo Cuevas, Degrelle fue un político chapucero, un impostor crónico y un oportunista que se dejó llevar por su ambición personal. Nació en una familia muy católica, con una educación y formación sólidas. Pero no fue un discípulo devoto de la Iglesia, más bien uno que se adaptaba a sus intereses políticos. Su padre tenía una fábrica cervecera y era senador, lo que le dio una posición social respetable.
Degrelle entró en la universidad con una vocación literaria adolescente, pero no perseveró. Se casó con una mujer rica y se hizo periodista, al principio en la prensa católica de Bruselas y luego como editor de publicaciones activistas de derechas antielitistas y patrióticas. Pero nunca fue un verdadero periodista, más bien un propagandista que se tomaba su trabajo para promocionar su propia carrera política.
La carrera política de Degrelle nació ante el espejo de Mussolini, no ante el de Hitler. El entramado societario de la iglesia belga financió sus editoriales como si fuera un hijo díscolo y con tendencia a los tumultos. Pero Degrelle fue más astuto que eso, se hizo una persona atractiva para las masas que buscaban una salida a la crisis de 1928.
En 1936, Degrelle tenía éxito en las elecciones y se convirtió en el partido que expresó el gran descontento. Pero su momento fue efímero. Su política se basaba en el populismo y la manipulación para atraer a las masas. Y así, el 1 de enero de 1941, Degrelle hizo el órdago de todos los órdagos. Presentóse como el amigo de los odiados alemanes, los invasores de Bélgica en 1914.
¿Era un verdadero nazi Degrelle? Su antisemitismo era muy leve y su predilección por Alemania, una impostura evidente. El laicismo radical de los nazis iba contra su cultura y los belgas no necesitaban a un político hitleriano en vísperas de una nueva ocupación.
Degrelle se fue a la guerra con sus fieles y una bandera belga sobre el uniforme alemán, aunque la palabra Bélgica nunca apareció en el nombre de su división. Marchó como un voluntario más porque no tenía formación militar, y tuvo un ataque de pánico y recibió una condecoración un poco regalada.
Después, Degrelle revisó sus nombres y añadió tres más. En 1944, la Resistencia asesinó a su hermano Édouard y los alemanes detuvieron a 36 vecinos en represalia y anunciaron que los fusilarían. Degrelle revisó sus nombres y añadió tres más.
La huida de Degrelle a España en agosto de 1945 ya está narrada: absurda, desesperada y teatral. Su avión amerizó por las malas sobre las aguas de la Bahía de la Concha, Degrelle ingresó en un hospital de San Sebastián, el Conde de Gayalde se lo llevó escondido en un coche y España se lo tragó frente a Europa que le reclamaba la cabeza.
Según su biógrafo Pablo Cuevas, Degrelle contaba con que intentaron secustrarlo muchas veces. Pero Israel no tenía mucho interés en él y Bélgica... Bélgica reclamaba la extradición de Degrelle, pero, en el fondo, ningún Gobierno belga habría sabido qué hacer con él.
Y así se salvó Degrelle. España le dio un Documento Nacional de Identidad y le permitió vivir tranquilo durante 49 años. Pero su historia es un recordatorio de la complejidad y la oscuridad que puede tener la política, y de cómo las personas pueden dejar una huella indelible en la historia.
Según la biografía de Pablo Cuevas, Degrelle fue un político chapucero, un impostor crónico y un oportunista que se dejó llevar por su ambición personal. Nació en una familia muy católica, con una educación y formación sólidas. Pero no fue un discípulo devoto de la Iglesia, más bien uno que se adaptaba a sus intereses políticos. Su padre tenía una fábrica cervecera y era senador, lo que le dio una posición social respetable.
Degrelle entró en la universidad con una vocación literaria adolescente, pero no perseveró. Se casó con una mujer rica y se hizo periodista, al principio en la prensa católica de Bruselas y luego como editor de publicaciones activistas de derechas antielitistas y patrióticas. Pero nunca fue un verdadero periodista, más bien un propagandista que se tomaba su trabajo para promocionar su propia carrera política.
La carrera política de Degrelle nació ante el espejo de Mussolini, no ante el de Hitler. El entramado societario de la iglesia belga financió sus editoriales como si fuera un hijo díscolo y con tendencia a los tumultos. Pero Degrelle fue más astuto que eso, se hizo una persona atractiva para las masas que buscaban una salida a la crisis de 1928.
En 1936, Degrelle tenía éxito en las elecciones y se convirtió en el partido que expresó el gran descontento. Pero su momento fue efímero. Su política se basaba en el populismo y la manipulación para atraer a las masas. Y así, el 1 de enero de 1941, Degrelle hizo el órdago de todos los órdagos. Presentóse como el amigo de los odiados alemanes, los invasores de Bélgica en 1914.
¿Era un verdadero nazi Degrelle? Su antisemitismo era muy leve y su predilección por Alemania, una impostura evidente. El laicismo radical de los nazis iba contra su cultura y los belgas no necesitaban a un político hitleriano en vísperas de una nueva ocupación.
Degrelle se fue a la guerra con sus fieles y una bandera belga sobre el uniforme alemán, aunque la palabra Bélgica nunca apareció en el nombre de su división. Marchó como un voluntario más porque no tenía formación militar, y tuvo un ataque de pánico y recibió una condecoración un poco regalada.
Después, Degrelle revisó sus nombres y añadió tres más. En 1944, la Resistencia asesinó a su hermano Édouard y los alemanes detuvieron a 36 vecinos en represalia y anunciaron que los fusilarían. Degrelle revisó sus nombres y añadió tres más.
La huida de Degrelle a España en agosto de 1945 ya está narrada: absurda, desesperada y teatral. Su avión amerizó por las malas sobre las aguas de la Bahía de la Concha, Degrelle ingresó en un hospital de San Sebastián, el Conde de Gayalde se lo llevó escondido en un coche y España se lo tragó frente a Europa que le reclamaba la cabeza.
Según su biógrafo Pablo Cuevas, Degrelle contaba con que intentaron secustrarlo muchas veces. Pero Israel no tenía mucho interés en él y Bélgica... Bélgica reclamaba la extradición de Degrelle, pero, en el fondo, ningún Gobierno belga habría sabido qué hacer con él.
Y así se salvó Degrelle. España le dio un Documento Nacional de Identidad y le permitió vivir tranquilo durante 49 años. Pero su historia es un recordatorio de la complejidad y la oscuridad que puede tener la política, y de cómo las personas pueden dejar una huella indelible en la historia.