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La escritura feminil y su lucha contra la incultura
Ana Santos, ex directora de la Biblioteca Nacional de España, se refiere a un silencio que acompañó durante años en la institución. Era el ausentismo de las mujeres, quienes, aparentemente, no habían existido ni pensado escribir. La historia de estas "sembradoras de palabras" es un viaje a través de cinco siglos de cultura escrita, desde conventos del siglo XVI hasta la actualidad.
En una época en que leer y escribir eran privilegios reservados a pocos, las mujeres encontraron un resquicio inesperado en los conventos. Allí, el acceso a la letra era una necesidad cotidiana, y se les enseñaba a leer y a escribir. Sin embargo, para poder ejercer esta escritura, necesitaban adoptar un discurso de humildad impuesto por la Iglesia y la sociedad. Era una estrategia de supervivencia en un mundo donde la inteligencia femenina debía justificarse como obediencia divina.
Santa Teresa de Jesús es un ejemplo destacado de estas mujeres, que convenció a sus hermanas con su palabra y sus escritos para llevar a cabo la reforma del Carmelo. Sor Juana Inés de la Cruz, aunque nacida en México, también pertenece a esta tradición, y su vida es un ejemplo del choque constante entre la razón de las mujeres y los límites que la sociedad les imponía.
En el siglo XIX, surgieron figuras como Rosario de Acuña, quien escribió, opinó y vivió a contracorriente. Su valentía fue recibida con hostilidad, y su destino revela hasta qué punto la escritura femenina era concebida como amenaza. Emilia Pardo Bazán, por su parte, decidió dejar a su marido cuando le pidió que dejara de escribir porque sus obras levantaban escándalos.
En los años de la Segunda República, surgieron nuevas tensiones. Clara Campoamor defendió el derecho al voto femenino, pero temiendo a la vez que muchas mujeres votaran siguiendo las indicaciones de sus confesores. La Iglesia seguía siendo un agente decisivo, y la educación femenina retrocedió hasta un punto que recordaba al siglo XVII.
Durante el franquismo, ese modelo se convirtió en política de Estado. La educación femenina se vio afectada, y las mujeres se vieron obligadas a adoptar un ideal de la mujer sumisa.
Sin embargo, con la declaratoria del Año Internacional de la Mujer en 1975, comenzó a instalarse una conciencia social distinta. Aún así, esas tensiones no han desaparecido. La liberación no consiste en adoptar un arquetipo distinto, sino en elegir.
Para Ana Santos, ser feminista significa igualdad y la posibilidad de ejercer la libertad desde la dignidad del ser humano. La lectura reflexiva se empobrece en un mundo saturado de información inmediata, y la inteligencia artificial añade un desafío nuevo. La libertad requiere pensamiento crítico previo, criterio y educación.
Ana Santos, ex directora de la Biblioteca Nacional de España, se refiere a un silencio que acompañó durante años en la institución. Era el ausentismo de las mujeres, quienes, aparentemente, no habían existido ni pensado escribir. La historia de estas "sembradoras de palabras" es un viaje a través de cinco siglos de cultura escrita, desde conventos del siglo XVI hasta la actualidad.
En una época en que leer y escribir eran privilegios reservados a pocos, las mujeres encontraron un resquicio inesperado en los conventos. Allí, el acceso a la letra era una necesidad cotidiana, y se les enseñaba a leer y a escribir. Sin embargo, para poder ejercer esta escritura, necesitaban adoptar un discurso de humildad impuesto por la Iglesia y la sociedad. Era una estrategia de supervivencia en un mundo donde la inteligencia femenina debía justificarse como obediencia divina.
Santa Teresa de Jesús es un ejemplo destacado de estas mujeres, que convenció a sus hermanas con su palabra y sus escritos para llevar a cabo la reforma del Carmelo. Sor Juana Inés de la Cruz, aunque nacida en México, también pertenece a esta tradición, y su vida es un ejemplo del choque constante entre la razón de las mujeres y los límites que la sociedad les imponía.
En el siglo XIX, surgieron figuras como Rosario de Acuña, quien escribió, opinó y vivió a contracorriente. Su valentía fue recibida con hostilidad, y su destino revela hasta qué punto la escritura femenina era concebida como amenaza. Emilia Pardo Bazán, por su parte, decidió dejar a su marido cuando le pidió que dejara de escribir porque sus obras levantaban escándalos.
En los años de la Segunda República, surgieron nuevas tensiones. Clara Campoamor defendió el derecho al voto femenino, pero temiendo a la vez que muchas mujeres votaran siguiendo las indicaciones de sus confesores. La Iglesia seguía siendo un agente decisivo, y la educación femenina retrocedió hasta un punto que recordaba al siglo XVII.
Durante el franquismo, ese modelo se convirtió en política de Estado. La educación femenina se vio afectada, y las mujeres se vieron obligadas a adoptar un ideal de la mujer sumisa.
Sin embargo, con la declaratoria del Año Internacional de la Mujer en 1975, comenzó a instalarse una conciencia social distinta. Aún así, esas tensiones no han desaparecido. La liberación no consiste en adoptar un arquetipo distinto, sino en elegir.
Para Ana Santos, ser feminista significa igualdad y la posibilidad de ejercer la libertad desde la dignidad del ser humano. La lectura reflexiva se empobrece en un mundo saturado de información inmediata, y la inteligencia artificial añade un desafío nuevo. La libertad requiere pensamiento crítico previo, criterio y educación.