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En una gira por la realidad, Donald Trump parece haber olvidado que está invadiendo Venezuela. La clave se encuentra en una cuestión de poder y posición: el presidente de EE.UU. tiene la capacidad material para hacer lo que desee sin temor a las reacciones de los demás líderes internacionales. A diferencia de Nicolás Maduro, quien, si tuviera ese mismo potencial, probablemente optaría por la vía pacífica y negociadora.
Trump actúa como se espera que un hombre fuerte actúe: con confianza en sí mismo y sin miedo a los ojos del mundo. No le importa el Derecho Internacional, él sabe qué es lo que realmente cuenta. En su caso, la forma y el poder son más importantes que las palabras.
En este modelo androcéntrico, donde el reconocimiento se basa tanto en el resultado como en la forma de obtenerlo, la destrucción o sometimiento del adversario es el elemento clave para el control y el poder. No es un mero acto político, sino una muestra de fuerza que se utiliza para definir quién se considera uno de los nuestros.
En este mundo machista, ser hombre significa ser considerado como tal por los demás hombres. Ser líder significa ser visto como líder por los demás líderes. Y sobre todo, ser el líder supremo es lo que realmente importa.
Trump actúa de esta forma porque sabe que siempre encontrará un apoyo mayoritario entre los líderes de su entorno ideológico. A diferencia del respeto que se espera en el mundo político, Trump prioriza las formas y busca reconocimiento por ellas. Y cuando alguien critica sus acciones, lo hace con una justificación que minimiza la gravedad de su comportamiento.
En este juego de poder, la violencia es solo un medio para lograr los objetivos. Y aunque se puede criticar a Trump por sus acciones en Venezuela, no nos podemos olvidar que también lo harían otros líderes si hubieran la oportunidad.
El problema radica en que muchos hombres, como Trump, no están conscientes de cómo su comportamiento refleja el modelo machista que han internalizado. Cuando necesitan extender su influencia y ampliar sus objetivos, utilizarán cualquier medio para lograrlo sin importar la legítimidad.
Este es el problema que enfrentamos hoy: muchos hombres que creen que pueden actuar con impunidad porque se consideran líderes no están dispuestos a cuestionar sus propias acciones. Y cuando alguien como Trump habla en nombre de ellos, su mensaje puede resonar en aquellos que aún no han encontrado la fuerza para desafiar las estructuras de poder.
El cambio cultural es necesario, especialmente en la prevención de este tipo de violencia y acción ilegítima. Es hora de apoyar liderazgos diferentes a los machistas y promover una sociedad más inclusiva y justa para todos.
Trump actúa como se espera que un hombre fuerte actúe: con confianza en sí mismo y sin miedo a los ojos del mundo. No le importa el Derecho Internacional, él sabe qué es lo que realmente cuenta. En su caso, la forma y el poder son más importantes que las palabras.
En este modelo androcéntrico, donde el reconocimiento se basa tanto en el resultado como en la forma de obtenerlo, la destrucción o sometimiento del adversario es el elemento clave para el control y el poder. No es un mero acto político, sino una muestra de fuerza que se utiliza para definir quién se considera uno de los nuestros.
En este mundo machista, ser hombre significa ser considerado como tal por los demás hombres. Ser líder significa ser visto como líder por los demás líderes. Y sobre todo, ser el líder supremo es lo que realmente importa.
Trump actúa de esta forma porque sabe que siempre encontrará un apoyo mayoritario entre los líderes de su entorno ideológico. A diferencia del respeto que se espera en el mundo político, Trump prioriza las formas y busca reconocimiento por ellas. Y cuando alguien critica sus acciones, lo hace con una justificación que minimiza la gravedad de su comportamiento.
En este juego de poder, la violencia es solo un medio para lograr los objetivos. Y aunque se puede criticar a Trump por sus acciones en Venezuela, no nos podemos olvidar que también lo harían otros líderes si hubieran la oportunidad.
El problema radica en que muchos hombres, como Trump, no están conscientes de cómo su comportamiento refleja el modelo machista que han internalizado. Cuando necesitan extender su influencia y ampliar sus objetivos, utilizarán cualquier medio para lograrlo sin importar la legítimidad.
Este es el problema que enfrentamos hoy: muchos hombres que creen que pueden actuar con impunidad porque se consideran líderes no están dispuestos a cuestionar sus propias acciones. Y cuando alguien como Trump habla en nombre de ellos, su mensaje puede resonar en aquellos que aún no han encontrado la fuerza para desafiar las estructuras de poder.
El cambio cultural es necesario, especialmente en la prevención de este tipo de violencia y acción ilegítima. Es hora de apoyar liderazgos diferentes a los machistas y promover una sociedad más inclusiva y justa para todos.