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Francisco Salazar, un hombre que se subía la bragueta en la cara de las mujeres, escenificaba las felaciones y pedía vernos el escote. La existencia de este personaje, conocido en los círculos de poder del PSOE pero desconocido para la mayoría, ha sido revelada por el diario eldiario.es gracias a un titular explícito y repugnante.
El problema no es que Salazar sea un hombre con problemas de conducta, sino que disfruta de una impunidad absoluta cuando tiene poder. A pesar de las acusaciones de misoginia de las mujeres que lo conocieron, su influencia en el partido y la Moncloa ha sido capaz de neutralizar cualquier denuncia. El PSOE y la Moncloa han protegido a un hombre que se comportaba de manera misógina y han ignorado completamente a las víctimas.
La cuestión es que el abismo entre la propaganda política y la coherencia a la hora de hacerla efectiva es enorme. Sobre el papel, todos son feministas y contrarios a las prácticas misóginas, pero en la realidad, hay un tramo enorme que protege a los misóginos cuando el poder entra en juego. La misoginia se alimenta del impunidad y se normaliza en la vida cotidiana, especialmente entre aquellos que tienen poder.
El caso de Salazar es un ejemplo perfecto de esto. A pesar de las acusaciones, su influencia ha sido capaz de parar cualquier proceso y desatender completamente a las víctimas. El PSOE y la Moncloa han vendido su propaganda de compromiso feminista en el mercado de la política mientras protegían a un hombre que se comportaba de manera misógina.
La realidad es que hay un problema mayor que los individuos con problemas de conducta, es un problema sistémico. La misoginia se alimenta del sistema y requiere cambios profundos para ser abordada.
El problema no es que Salazar sea un hombre con problemas de conducta, sino que disfruta de una impunidad absoluta cuando tiene poder. A pesar de las acusaciones de misoginia de las mujeres que lo conocieron, su influencia en el partido y la Moncloa ha sido capaz de neutralizar cualquier denuncia. El PSOE y la Moncloa han protegido a un hombre que se comportaba de manera misógina y han ignorado completamente a las víctimas.
La cuestión es que el abismo entre la propaganda política y la coherencia a la hora de hacerla efectiva es enorme. Sobre el papel, todos son feministas y contrarios a las prácticas misóginas, pero en la realidad, hay un tramo enorme que protege a los misóginos cuando el poder entra en juego. La misoginia se alimenta del impunidad y se normaliza en la vida cotidiana, especialmente entre aquellos que tienen poder.
El caso de Salazar es un ejemplo perfecto de esto. A pesar de las acusaciones, su influencia ha sido capaz de parar cualquier proceso y desatender completamente a las víctimas. El PSOE y la Moncloa han vendido su propaganda de compromiso feminista en el mercado de la política mientras protegían a un hombre que se comportaba de manera misógina.
La realidad es que hay un problema mayor que los individuos con problemas de conducta, es un problema sistémico. La misoginia se alimenta del sistema y requiere cambios profundos para ser abordada.