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Frank Gehry, uno de los arquitectos más influyentes y alegríamente indisciplinados de nuestro tiempo, dejó de estar entre nosotros el pasado día 5. Aunque su iconografía colectiva lo recordará por museos oceánicos, auditorios de titanio y centros culturales que parecen aves migratorias en pleno giro evolutivo, la historia de cómo él mismo revolucionó un barrio con su propia casa es fundamental para entender quién fue y qué legado dejó.
En la década de los setenta, Gehry compró un bungalow perfectamente normal en Santa Mónica. Era una vivienda tradicional, de esos que se alinean en un vecindario donde el mayor atrevimiento estético suele ser una hortensia de color discutible. Al principio, parece que Gehry iba a hacer lo normal: reformarlo con alguna medida de mesura que recomiendan los manuales de supervivencia hipotecaria. Pero no fue así.
Gehry decidió someter el bungalow a una intervención tan insólita que incluso hoy cuesta describir sin que suene a <i>performance</i>. En vez de reformarlo, envolvió la casa. Literalmente. Al bungalow tradicional —una casita holandesa-americana de geometría amable— le hubo crecido una coraza formada por metal corrugado, mallas de obra, contrachapados y vidrios desplazados de cualquier manual académico.
En ese envoltorio estaban ya todas las futuras obsesiones de Gehry: la fragmentación controlada, las formas con energía musical, la desobediencia material, el borrado deliberado de la frontera entre dentro y fuera y, sobre todo, la idea de que una casa puede dejar de ser un objeto y convertirse en una conversación entre capas. La casa no era su primera obra, pero sí fue su primer proyecto personal de riesgo. Un edificio fundacional donde aparece por primera vez —en modo no disimulado— su estilo embrionario, el que luego se llamaría deconstructivista.
Gehry estaba ensayando algo radical: arquitectura no como demolición, sino como envoltura, como contradicción tierna hacia lo preexistente. La casa se convirtió en un laboratorio donde él mismo experimentaba con formas y materiales, preparando el terreno para los proyectos más ambiciosos que vendrían después: Bilbao, El Disney Hall, la Fondación Louis Vuitton, y otros gigantes de la arquitectura contemporánea.
La casa, esa vivienda rara, ajedrezada, luminosa y obstinadamente original, se abrió paso como una de las voces más inclasificables de la arquitectura del siglo XXI. Y allí quedó, ese bungalow envuelto en metal y mallas, un testimonio de cómo la creatividad puede transformar incluso lo más ordinario en algo revolucionario.
En la década de los setenta, Gehry compró un bungalow perfectamente normal en Santa Mónica. Era una vivienda tradicional, de esos que se alinean en un vecindario donde el mayor atrevimiento estético suele ser una hortensia de color discutible. Al principio, parece que Gehry iba a hacer lo normal: reformarlo con alguna medida de mesura que recomiendan los manuales de supervivencia hipotecaria. Pero no fue así.
Gehry decidió someter el bungalow a una intervención tan insólita que incluso hoy cuesta describir sin que suene a <i>performance</i>. En vez de reformarlo, envolvió la casa. Literalmente. Al bungalow tradicional —una casita holandesa-americana de geometría amable— le hubo crecido una coraza formada por metal corrugado, mallas de obra, contrachapados y vidrios desplazados de cualquier manual académico.
En ese envoltorio estaban ya todas las futuras obsesiones de Gehry: la fragmentación controlada, las formas con energía musical, la desobediencia material, el borrado deliberado de la frontera entre dentro y fuera y, sobre todo, la idea de que una casa puede dejar de ser un objeto y convertirse en una conversación entre capas. La casa no era su primera obra, pero sí fue su primer proyecto personal de riesgo. Un edificio fundacional donde aparece por primera vez —en modo no disimulado— su estilo embrionario, el que luego se llamaría deconstructivista.
Gehry estaba ensayando algo radical: arquitectura no como demolición, sino como envoltura, como contradicción tierna hacia lo preexistente. La casa se convirtió en un laboratorio donde él mismo experimentaba con formas y materiales, preparando el terreno para los proyectos más ambiciosos que vendrían después: Bilbao, El Disney Hall, la Fondación Louis Vuitton, y otros gigantes de la arquitectura contemporánea.
La casa, esa vivienda rara, ajedrezada, luminosa y obstinadamente original, se abrió paso como una de las voces más inclasificables de la arquitectura del siglo XXI. Y allí quedó, ese bungalow envuelto en metal y mallas, un testimonio de cómo la creatividad puede transformar incluso lo más ordinario en algo revolucionario.