PalabraViva
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La cesta de Navidad es una montaña de regalos que la empresa se embelesa en su honor. Antes, eran campos, pero ahora cada trabajador tiene que ganarle el "bizum" para comprar un paquete que no ha cambiado en décadas: un festín que nos hace olvidarnos del mundo exterior. Hay quien disfruta de estas convenciones sociales, pero la verdad es que todos hemos sido educados desde pequeños para esperar una medalla a cambio de nuestra lealtad corporativa.
En esta fiesta de los regalos, la carga simbólica está en todo: desde el turrones hasta los manjares que nunca habrían aparecido en una tienda, la cesta es un lujo excesivo que no nos hace feliz, sino que nos lleva a olvidar lo que realmente importa. Y sin embargo, este espectáculo de lujo sigue siendo un símbolo del espíritu navideño.
Y entonces hay cosas que no tienen sentido: la lata de piña al natural, una especie de fruta que nunca ha visto la luz del sol. Nace en la palmera y se desarrolla orgánicamente una piel de latón, pero su destino es el colegio, convertida en rifa. ¿Por qué esta fruta exótica terminó así? Pero hay otra cosa más que nos hace reír: el melocotón en almíbar que convive con la piña al natural. Alguien debería escribir sobre este idilio de excursionismo pirenaico, donde los latas se despeñan en barrancos y hay noches de vapores místicos en tiendas de campaña.
Y luego hay algo más: el recuerdo de nuestro pasado. Cuando salí con mi padre a excursión, preparábamos una bolsita de picoteo energético que siempre incluía almendras tostadas, orejones, chocolate negro y melocotón en almíbar. Llegado el momento, pasamos a sorbir el jugo. El poder reconstituyente del manjar nos hacía ver el mundo de una manera diferente.
En fin, la cesta de Navidad es un símbolo que no tiene sentido, pero que nos hace sonreír. Es una montaña de regalos y convenciones sociales que nos llevan a olvidar lo que realmente importa. Pero también es algo más: el espíritu navideño en todas sus formas.
En esta fiesta de los regalos, la carga simbólica está en todo: desde el turrones hasta los manjares que nunca habrían aparecido en una tienda, la cesta es un lujo excesivo que no nos hace feliz, sino que nos lleva a olvidar lo que realmente importa. Y sin embargo, este espectáculo de lujo sigue siendo un símbolo del espíritu navideño.
Y entonces hay cosas que no tienen sentido: la lata de piña al natural, una especie de fruta que nunca ha visto la luz del sol. Nace en la palmera y se desarrolla orgánicamente una piel de latón, pero su destino es el colegio, convertida en rifa. ¿Por qué esta fruta exótica terminó así? Pero hay otra cosa más que nos hace reír: el melocotón en almíbar que convive con la piña al natural. Alguien debería escribir sobre este idilio de excursionismo pirenaico, donde los latas se despeñan en barrancos y hay noches de vapores místicos en tiendas de campaña.
Y luego hay algo más: el recuerdo de nuestro pasado. Cuando salí con mi padre a excursión, preparábamos una bolsita de picoteo energético que siempre incluía almendras tostadas, orejones, chocolate negro y melocotón en almíbar. Llegado el momento, pasamos a sorbir el jugo. El poder reconstituyente del manjar nos hacía ver el mundo de una manera diferente.
En fin, la cesta de Navidad es un símbolo que no tiene sentido, pero que nos hace sonreír. Es una montaña de regalos y convenciones sociales que nos llevan a olvidar lo que realmente importa. Pero también es algo más: el espíritu navideño en todas sus formas.