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La medicina rural, revivida en el corazón de la provincia de Teruel. Joan Izquierdo, su defensor.
En este valle aragonés, donde el sol canta con un ritmo más lento que en otras tierras, la atención médica sigue siendo una virtud perdida en los grandes centros sanitarios. Por eso, es un placer encontrar a alguien que la viva y la transmite de manera auténtica: Joan Izquierdo.
Nacido en Valencia, pero con raíces griegas que lo unen a Teruel desde la infancia, este médico ha encontrado su lugar en el corazón del Jiloca. Conoció esta vida rural desde niño, cuando visitaba a sus familiares y participaba en las fiestas. Aquellas experiencias tempranas le enseñaron el valor de la cercanía entre vecinos, un principio que ahora vive en su práctica diaria.
Después de estudiar Medicina en Valencia, Joan decidió especializarse en Medicina de Familia y Comunitaria en Teruel. Su interés por esta rama de la medicina se debió a su familia, ya que sus padres son médicos de familia. La elección fue un reflejo de su compromiso con un enfoque completo y cercano, donde el médico puede conocer al paciente y su contexto de manera profunda.
Tras completar su formación, Joan se estableció en el Centro de Salud de Santa Eulalia del Campo, desde donde cubre guardias y supervisa la atención de pacientes en los consultorios de los pueblos cercanos. Cada visitita es un acto de conexión con las personas y sus historias. En estos pequeños centros de salud, Joan encuentra su espacio para atender a cada persona con más tiempo y profundidad.
En este rincón del Jiloca, la medicina rural se ha vuelto una herramienta no solo clínica, sino también social. Cada visita fortalece el tejido social de los pueblos, creando complicidad con los pacientes y un seguimiento que en las grandes ciudades sería imposible. "Se nota un apoyo social más fuerte", explica Joan. La gente se habla en la sala de espera, y eso permite atender a cada persona con más tiempo y profundidad.
Joan también destaca que este estilo de atención médica requiere organización y compromiso. Cada población tiene sus horarios de atención, y él planifica sus visitas para asegurar que todos los pacientes reciban la atención necesaria. La cercanía con los vecinos permite identificar con rapidez necesidades de salud, ofrecer consejos y prevenir complicaciones.
Finalmente, Joan vuelve a enfatizar el valor de esta forma de medicina en un territorio donde se ha perdido este contacto humano entre médicos y pacientes. "Me gusta sentirme parte de la comunidad, conocer a la gente y poder atenderla de manera integral", concluye. Su trabajo es un ejemplo del poder de la medicina de proximidad, una práctica que combina profesionalidad con cercanía. En el valle aragonés, esta es una virtud que se ha recuperado.
En este valle aragonés, donde el sol canta con un ritmo más lento que en otras tierras, la atención médica sigue siendo una virtud perdida en los grandes centros sanitarios. Por eso, es un placer encontrar a alguien que la viva y la transmite de manera auténtica: Joan Izquierdo.
Nacido en Valencia, pero con raíces griegas que lo unen a Teruel desde la infancia, este médico ha encontrado su lugar en el corazón del Jiloca. Conoció esta vida rural desde niño, cuando visitaba a sus familiares y participaba en las fiestas. Aquellas experiencias tempranas le enseñaron el valor de la cercanía entre vecinos, un principio que ahora vive en su práctica diaria.
Después de estudiar Medicina en Valencia, Joan decidió especializarse en Medicina de Familia y Comunitaria en Teruel. Su interés por esta rama de la medicina se debió a su familia, ya que sus padres son médicos de familia. La elección fue un reflejo de su compromiso con un enfoque completo y cercano, donde el médico puede conocer al paciente y su contexto de manera profunda.
Tras completar su formación, Joan se estableció en el Centro de Salud de Santa Eulalia del Campo, desde donde cubre guardias y supervisa la atención de pacientes en los consultorios de los pueblos cercanos. Cada visitita es un acto de conexión con las personas y sus historias. En estos pequeños centros de salud, Joan encuentra su espacio para atender a cada persona con más tiempo y profundidad.
En este rincón del Jiloca, la medicina rural se ha vuelto una herramienta no solo clínica, sino también social. Cada visita fortalece el tejido social de los pueblos, creando complicidad con los pacientes y un seguimiento que en las grandes ciudades sería imposible. "Se nota un apoyo social más fuerte", explica Joan. La gente se habla en la sala de espera, y eso permite atender a cada persona con más tiempo y profundidad.
Joan también destaca que este estilo de atención médica requiere organización y compromiso. Cada población tiene sus horarios de atención, y él planifica sus visitas para asegurar que todos los pacientes reciban la atención necesaria. La cercanía con los vecinos permite identificar con rapidez necesidades de salud, ofrecer consejos y prevenir complicaciones.
Finalmente, Joan vuelve a enfatizar el valor de esta forma de medicina en un territorio donde se ha perdido este contacto humano entre médicos y pacientes. "Me gusta sentirme parte de la comunidad, conocer a la gente y poder atenderla de manera integral", concluye. Su trabajo es un ejemplo del poder de la medicina de proximidad, una práctica que combina profesionalidad con cercanía. En el valle aragonés, esta es una virtud que se ha recuperado.