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Irán, al borde del precipicio: ¿cómo puede escapar a esta crisis sin escalar la escalera?
El país islámico está en llamas. Desde hace dos semanas, las calles se han vuelto incandescentes con manifestaciones que desafían al régimen. La desafección política, el fallo de los servicios públicos y el descontento económico se unen para forjar una tormenta sin precedentes.
En algunas ciudades, incluso funcionarios policiales y estatales han participado en las protestas, algo que no ha ocurrido desde la fundación del régimen en 1979. Pero este tiempo parece estar en marcha atrás. Los manifestantes ya no están dispuestos a ser tranquilizados con promesas políticas vacías.
Pero lo que hace de esta situación única es la estructura política iraní, diseñada por el ayatolá Jomeini. El Velayat-e-Faqih concentra todas las facetas del poder en una figura única: el líder supremo. Es él quien dirige el ejército, la iglesia y el gobierno, y su pensamiento es la ley de la revolución islámica.
La estructura del régimen hace imposible una reforma parcial. La idiosincrasia republicana impide que cualquier cambio se produzca sin un giro total en la historia del país. Y ahora, incluso el líder supremo Jamenei se enfrenta a un desafío sin precedentes.
El papel de las mujeres en estas protestas es otro aspecto significativo. Se visten sin velos, participan en videos que desafían las normas y se muestran incómodas con la represión física y penal que han experimentado durante décadas. Esto demuestra cómo estos valores revolucionarios han perdido su vigor entre la ciudadanía.
En medio de esta crisis, el presidente Pezeshkian ha pedido a las fuerzas del orden que no ataquen a los manifestantes pacíficos. La situación es compleja: si el líder supremo se mantiene en el poder, el estallido social puede volverse aún más violento; pero también hay la posibilidad de que el sistema político entero se derrumbe.
La ausencia de Moscú es notable. Durante años, Rusia ha afirmado ser aliada incondicional del régimen, pero ahora parece que Putin se desentiende de la situación. Es como si las fuerzas internacionales ya hubieran perdido interés en el drama iraní.
¿Cómo escapará Irán de esta crisis? ¿Escalará la escalera hacia una represión exagerada o abandonará al líder supremo para cambiar todo? La respuesta es incierta. Lo que está claro es que las personas iraníes han tomado un paso hacia un futuro desconocido, y nadie sabe qué camino tomarán en su búsqueda de libertad e identidad.
El país islámico está en llamas. Desde hace dos semanas, las calles se han vuelto incandescentes con manifestaciones que desafían al régimen. La desafección política, el fallo de los servicios públicos y el descontento económico se unen para forjar una tormenta sin precedentes.
En algunas ciudades, incluso funcionarios policiales y estatales han participado en las protestas, algo que no ha ocurrido desde la fundación del régimen en 1979. Pero este tiempo parece estar en marcha atrás. Los manifestantes ya no están dispuestos a ser tranquilizados con promesas políticas vacías.
Pero lo que hace de esta situación única es la estructura política iraní, diseñada por el ayatolá Jomeini. El Velayat-e-Faqih concentra todas las facetas del poder en una figura única: el líder supremo. Es él quien dirige el ejército, la iglesia y el gobierno, y su pensamiento es la ley de la revolución islámica.
La estructura del régimen hace imposible una reforma parcial. La idiosincrasia republicana impide que cualquier cambio se produzca sin un giro total en la historia del país. Y ahora, incluso el líder supremo Jamenei se enfrenta a un desafío sin precedentes.
El papel de las mujeres en estas protestas es otro aspecto significativo. Se visten sin velos, participan en videos que desafían las normas y se muestran incómodas con la represión física y penal que han experimentado durante décadas. Esto demuestra cómo estos valores revolucionarios han perdido su vigor entre la ciudadanía.
En medio de esta crisis, el presidente Pezeshkian ha pedido a las fuerzas del orden que no ataquen a los manifestantes pacíficos. La situación es compleja: si el líder supremo se mantiene en el poder, el estallido social puede volverse aún más violento; pero también hay la posibilidad de que el sistema político entero se derrumbe.
La ausencia de Moscú es notable. Durante años, Rusia ha afirmado ser aliada incondicional del régimen, pero ahora parece que Putin se desentiende de la situación. Es como si las fuerzas internacionales ya hubieran perdido interés en el drama iraní.
¿Cómo escapará Irán de esta crisis? ¿Escalará la escalera hacia una represión exagerada o abandonará al líder supremo para cambiar todo? La respuesta es incierta. Lo que está claro es que las personas iraníes han tomado un paso hacia un futuro desconocido, y nadie sabe qué camino tomarán en su búsqueda de libertad e identidad.