TertuliaDelSur
Well-known member
La leyenda del roscón de Reyes, ese dulce tradicional español que se come el 6 de enero, es más antigua de lo que la mayoría de nosotros pensamos. Su origen se remonta a la Roma pagana, donde se celebraban las Saturnales, unas fiestas de invierno que marcaban el fin del año y el comienzo de la estación de los despedidos. En esas épocas, se repartían tortas redondas de miel, higos y dátiles, y en su interior, se escondía un haba que, si aparecía en el plato de un esclavo, le convertía en rey por un día y le daba privilegios temporales.
El haba era un símbolo poderoso de fertilidad, abundancia y buena suerte para el año entrante. A medida que pasaban los siglos, esa costumbre romana se adaptó a la Europa cristiana, especialmente durante la Edad Media, pasando de padres a hijos, de generación en generación.
En diversas regiones, se elaboraban panes y roscones festivos que mantenían el juego del haba. Quien la encontraba era nombrado rey o reina simbólica, disfrutaba de honores en la mesa y se convertía en protagonista del banquete. El gesto conservaba así la idea de premio y buen augurio asociada a la pequeña semilla.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el haba dejó de ser un símbolo de prosperidad y se convirtió en una figura ligada al ridículo y a la torpeza. La evolución lingüística terminó sellando el cambio: el haba dejó de ser amuleto de prosperidad para quedar asociada al tontolaba, esa expresión que se utiliza para referirse a alguien especialmente torpe o ingenuo.
Hoy en día, miles de familias repiten el mismo gesto de repartir el roscón con cierta tensión, oscilando entre la esperanza de ser coronados y el miedo a convertirse en el tontolaba oficial de la reunión. El roscón sigue siendo un elemento central del ritual del roscón de Reyes en buena parte de España, aunque su origen pagano ha sido escondido detrás de una tradición cristiana.
Pese a sus raíces paganas, el haba sigue siendo un elemento importante del roscón. Pastelerías y panaderías mantienen la tradición de incluir una legumbre y una figurita de un rey, acompañadas de una corona de cartón y, en muchos casos, de una tarjeta que explica las reglas del juego: quien encuentre el haba paga, quien encuentra la sorpresa reina. Cada año, las familias repiten el mismo gesto con cierta tensión, oscilando entre la esperanza de ser coronados y el miedo a convertirse en el tontolaba oficial de la reunión.
El haba era un símbolo poderoso de fertilidad, abundancia y buena suerte para el año entrante. A medida que pasaban los siglos, esa costumbre romana se adaptó a la Europa cristiana, especialmente durante la Edad Media, pasando de padres a hijos, de generación en generación.
En diversas regiones, se elaboraban panes y roscones festivos que mantenían el juego del haba. Quien la encontraba era nombrado rey o reina simbólica, disfrutaba de honores en la mesa y se convertía en protagonista del banquete. El gesto conservaba así la idea de premio y buen augurio asociada a la pequeña semilla.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el haba dejó de ser un símbolo de prosperidad y se convirtió en una figura ligada al ridículo y a la torpeza. La evolución lingüística terminó sellando el cambio: el haba dejó de ser amuleto de prosperidad para quedar asociada al tontolaba, esa expresión que se utiliza para referirse a alguien especialmente torpe o ingenuo.
Hoy en día, miles de familias repiten el mismo gesto de repartir el roscón con cierta tensión, oscilando entre la esperanza de ser coronados y el miedo a convertirse en el tontolaba oficial de la reunión. El roscón sigue siendo un elemento central del ritual del roscón de Reyes en buena parte de España, aunque su origen pagano ha sido escondido detrás de una tradición cristiana.
Pese a sus raíces paganas, el haba sigue siendo un elemento importante del roscón. Pastelerías y panaderías mantienen la tradición de incluir una legumbre y una figurita de un rey, acompañadas de una corona de cartón y, en muchos casos, de una tarjeta que explica las reglas del juego: quien encuentre el haba paga, quien encuentra la sorpresa reina. Cada año, las familias repiten el mismo gesto con cierta tensión, oscilando entre la esperanza de ser coronados y el miedo a convertirse en el tontolaba oficial de la reunión.