IdeasDelForo
Well-known member
En un rincón olvidado de la Cañada Real, Madrid, una pensión se ha convertido en un refugio para los recién llegados de Latinoamérica. Casa Mariano, como lo llaman sus huéspedes, es una obra de la colombiana Roselin, quien llegó a España con 22 años y decidió instalar su futuro allí. Pero en 2020, durante la crisis del coronavirus, algo cambió. Los polítoxicómanos que hasta entonces habían sido los dueños del bar de Ros, ahora se han unido a los latinos.
Roselin, conocida como Ros, explica que el futuro quedó en entredicho cuando sus vecinos de Los Gordos o Los Kikos, las grandes familias narcotraficantes, llegaron a la Cañada Real. El paisaje cambió para siempre y hoy en día la pensión es un lugar donde se puede encontrar gente de diferentes países, incluso venezolanas que habitan en la planta superior. Miriam Ordóñez, una mujer de 68 años que vive allí con sus dos hijos varones, comparte su experiencia: “Yo sola casi no salgo nunca, a la iglesia que hay más arriba y poco más. Todo lugar al que voy es con Ros. Ella me lleva al médico o a hacer la compra. La verdad, es extraño todo esto. No digo duro, porque a todo te acostumbras, sino extraño. Pasar de un barrio de clase media en Venezuela, vender tu casa y empezar desde cero en este lugar”.
Estas personas llegan a Casa Mariano gracias a la ayuda de empresarios españoles que les consiguen trabajos esporádicos, o porque les han recomendado una amiga. Es el caso de José Villamizar Cacúa, un hombre de 39 años que se mezcla con los polítoxicómanos en el autobús número 339 que conecta Madrid con la Cañada Real.
Aunque el bar está dividido en dos zonas para separar a los clientes del espacio reservado a los latinos, y aunque los clanes de la droga de la Cañada Real siguen siendo un peligro, Ros ha logrado crear una comunidad sana entre las personas que viven allí. En Casa Mariano se puede encontrar comida, bebida y estética para las mujeres gitanas, además de una forma de vida en el centro del barrio chabolista.
La única forma de llegar a esta comunidad es mediante el autobús 339, pero en su interior, la gente que vive allí ha logrado un espacio propio.
Roselin, conocida como Ros, explica que el futuro quedó en entredicho cuando sus vecinos de Los Gordos o Los Kikos, las grandes familias narcotraficantes, llegaron a la Cañada Real. El paisaje cambió para siempre y hoy en día la pensión es un lugar donde se puede encontrar gente de diferentes países, incluso venezolanas que habitan en la planta superior. Miriam Ordóñez, una mujer de 68 años que vive allí con sus dos hijos varones, comparte su experiencia: “Yo sola casi no salgo nunca, a la iglesia que hay más arriba y poco más. Todo lugar al que voy es con Ros. Ella me lleva al médico o a hacer la compra. La verdad, es extraño todo esto. No digo duro, porque a todo te acostumbras, sino extraño. Pasar de un barrio de clase media en Venezuela, vender tu casa y empezar desde cero en este lugar”.
Estas personas llegan a Casa Mariano gracias a la ayuda de empresarios españoles que les consiguen trabajos esporádicos, o porque les han recomendado una amiga. Es el caso de José Villamizar Cacúa, un hombre de 39 años que se mezcla con los polítoxicómanos en el autobús número 339 que conecta Madrid con la Cañada Real.
Aunque el bar está dividido en dos zonas para separar a los clientes del espacio reservado a los latinos, y aunque los clanes de la droga de la Cañada Real siguen siendo un peligro, Ros ha logrado crear una comunidad sana entre las personas que viven allí. En Casa Mariano se puede encontrar comida, bebida y estética para las mujeres gitanas, además de una forma de vida en el centro del barrio chabolista.
La única forma de llegar a esta comunidad es mediante el autobús 339, pero en su interior, la gente que vive allí ha logrado un espacio propio.