LatinoConPasión
Well-known member
El año que acaba de comenzar pondrá a prueba la resiliencia de la economía mundial ante las transformaciones que están sufriendo el orden global. La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el tema predominante del segundo semestre y todo apunta a que así seguirá siendo en 2026.
La IA tiene el potencial de transformar el rendimiento y las estructuras económicas a largo plazo, pero también advierten expertos sobre otro efecto de esta tecnología: disparar las desigualdades y abrir paso a una economía en forma de K. Muchos incluso comparan el boom actual de la IA con otros eventos disruptivos, como el uso generalizado de la electricidad o la aparición de internet.
El premio Nobel de Economía Daron Acemoglu calcula que la productividad podría aumentar una décima al año durante una década como consecuencia de la adopción generalizada de la IA. Capital Economics cifra la ganancia en 1,5 puntos porcentuales anuales, mientras que McKinsey lo eleva a 3,5 puntos al año.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) sostiene en un informe que el PIB potencial global puede llegar a crecer cuatro décimas más en la próxima década si la automatización de tareas y la innovación disparan la productividad de forma generalizada. Sin embargo, nadie considera que su impacto vaya a ser nulo.
La inversión en tecnología ya ha impulsado el boom actual de la IA hasta superar los niveles de los años noventa. Los gigantes tecnológicos han duplicado su inversión hasta alcanzar los 400.000 millones de dólares y planes anunciados apuntan a que la inversión rondará los 530.000 millones en 2026.
El peligro residía en cómo se financia esa inversión, que ha pasado de hacerse con el flujo de caja a financiarse con cargo a deuda. La inversión en lo relacionado con la tecnología y la IA entra en una fase más vulnerable y de mayor riesgo, aunque el apalancamiento en el sector es todavía bajo.
Jennifer McKeown, economista jefe de Capital Economics, sostiene que parte del patrón normal de adopción de nuevas tecnologías es que las inversiones masivas se concentran en determinadas empresas. A medida que el precio de la tecnología baja, algunas de esas empresas fracasarán y los mercados de valores se corregirán.
La economía en forma de K se ha convertido en una característica definitoria del mundo poscrisis. La IA, aunque no ha creado las disparidades, sí ha servido para amplificarlas. En EE UU, la inversión en IA impuso un crecimiento del 50% entre 2022 y 2023, a costa de desplazar al resto de la economía.
El gasto de las familias con más ingresos está compensando la caída del consumo en los hogares con menor renta. Un comportamiento que se ha trasladado directamente a la economía.
La consolidación fiscal será un tema importante en 2026, especialmente si la IA es capaz de transformar el modelo económico actual y llevar al aumento de la proporción de capital en la producción y una proporción menor para el trabajo.
La IA tiene el potencial de transformar el rendimiento y las estructuras económicas a largo plazo, pero también advierten expertos sobre otro efecto de esta tecnología: disparar las desigualdades y abrir paso a una economía en forma de K. Muchos incluso comparan el boom actual de la IA con otros eventos disruptivos, como el uso generalizado de la electricidad o la aparición de internet.
El premio Nobel de Economía Daron Acemoglu calcula que la productividad podría aumentar una décima al año durante una década como consecuencia de la adopción generalizada de la IA. Capital Economics cifra la ganancia en 1,5 puntos porcentuales anuales, mientras que McKinsey lo eleva a 3,5 puntos al año.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) sostiene en un informe que el PIB potencial global puede llegar a crecer cuatro décimas más en la próxima década si la automatización de tareas y la innovación disparan la productividad de forma generalizada. Sin embargo, nadie considera que su impacto vaya a ser nulo.
La inversión en tecnología ya ha impulsado el boom actual de la IA hasta superar los niveles de los años noventa. Los gigantes tecnológicos han duplicado su inversión hasta alcanzar los 400.000 millones de dólares y planes anunciados apuntan a que la inversión rondará los 530.000 millones en 2026.
El peligro residía en cómo se financia esa inversión, que ha pasado de hacerse con el flujo de caja a financiarse con cargo a deuda. La inversión en lo relacionado con la tecnología y la IA entra en una fase más vulnerable y de mayor riesgo, aunque el apalancamiento en el sector es todavía bajo.
Jennifer McKeown, economista jefe de Capital Economics, sostiene que parte del patrón normal de adopción de nuevas tecnologías es que las inversiones masivas se concentran en determinadas empresas. A medida que el precio de la tecnología baja, algunas de esas empresas fracasarán y los mercados de valores se corregirán.
La economía en forma de K se ha convertido en una característica definitoria del mundo poscrisis. La IA, aunque no ha creado las disparidades, sí ha servido para amplificarlas. En EE UU, la inversión en IA impuso un crecimiento del 50% entre 2022 y 2023, a costa de desplazar al resto de la economía.
El gasto de las familias con más ingresos está compensando la caída del consumo en los hogares con menor renta. Un comportamiento que se ha trasladado directamente a la economía.
La consolidación fiscal será un tema importante en 2026, especialmente si la IA es capaz de transformar el modelo económico actual y llevar al aumento de la proporción de capital en la producción y una proporción menor para el trabajo.