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La industria musical en directo ha entrado en un periodo de normalización tras dos años de crecimiento explosivo. Las cifras siguen siendo muy altas, pero ya no avanzan al ritmo vertiginoso que marcó los récords recientes.
El estudio anual de Pollstar señala una ligera caída tanto en la recaudación total como en el número de entradas vendidas con respecto a 2024. No hay desplome ni alarma en los datos, ya que la música en directo sigue moviendo mucho dinero que antes de la pandemia.
La clave del año está en una aparente contradicción. Aunque el total de ingresos baja, la recaudación por concierto alcanza máximos históricos: los artistas generan más ingresos por cada entrada que venden. Esto responde a una estrategia cada vez más extendida entre artistas y promotores: menos fechas, pero en recintos más grandes, con una consiguiente mayor optimización de precios, aforos y producción.
El modelo explica el dominio de un puñado de nombres propios. Las giras de Beyoncé, Oasis y Coldplay encabezan las listas mundiales y simbolizan el tipo de espectáculo que hoy sostiene el negocio: grandes eventos de estadio, concebidos como citas excepcionales, con precios elevados y una fuerte carga emocional o generacional.
El concierto deja de ser una parada más de una gira para convertirse en un acontecimiento en sí mismo. El público sigue dispuesto a pagar entradas caras, pero compra menos conciertos al año y prioriza aquellos percibidos como imprescindibles. Esta mayor selectividad refuerza a las superestrellas y eleva el listón para el resto de artistas.
Los estadios se consolidan también como el gran motor económico del directo. Cada vez más giras apuestan por este formato, mientras que las arenas medianas, teatros y salas pequeñas encuentran más dificultades para subsistir.
La internacionalización del negocio es otra tendencia. Aunque Estados Unidos sigue siendo el principal mercado, Europa, Latinoamérica y Asia ganan peso en las rutas globales. Las grandes giras se conciben ya como operaciones plenamente internacionales, con calendarios más largos, producciones más complejas y una dependencia creciente de públicos más diversos.
Sin embargo, un problema de fondo que aparece una y otra vez es los costes no dejan de subir. Producciones más complejas, transportes internacionales, personal técnico y seguros han elevado el umbral de rentabilidad de las giras. Para muchos artistas, salir a la carretera solo tiene sentido si se alcanzan volúmenes muy altos.
La conclusión del informe es clara: la música en directo sigue siendo uno de los pilares más sólidos de la industria cultural, pero el ciclo de crecimiento acelerado ha terminado. El reto a partir de ahora no será batir récords cada año, sino gestionar un mercado más maduro, más caro y más concentrado, manteniendo un equilibrio sostenible entre grandes eventos, diversidad artística y viabilidad económica del conjunto del sector.
El estudio anual de Pollstar señala una ligera caída tanto en la recaudación total como en el número de entradas vendidas con respecto a 2024. No hay desplome ni alarma en los datos, ya que la música en directo sigue moviendo mucho dinero que antes de la pandemia.
La clave del año está en una aparente contradicción. Aunque el total de ingresos baja, la recaudación por concierto alcanza máximos históricos: los artistas generan más ingresos por cada entrada que venden. Esto responde a una estrategia cada vez más extendida entre artistas y promotores: menos fechas, pero en recintos más grandes, con una consiguiente mayor optimización de precios, aforos y producción.
El modelo explica el dominio de un puñado de nombres propios. Las giras de Beyoncé, Oasis y Coldplay encabezan las listas mundiales y simbolizan el tipo de espectáculo que hoy sostiene el negocio: grandes eventos de estadio, concebidos como citas excepcionales, con precios elevados y una fuerte carga emocional o generacional.
El concierto deja de ser una parada más de una gira para convertirse en un acontecimiento en sí mismo. El público sigue dispuesto a pagar entradas caras, pero compra menos conciertos al año y prioriza aquellos percibidos como imprescindibles. Esta mayor selectividad refuerza a las superestrellas y eleva el listón para el resto de artistas.
Los estadios se consolidan también como el gran motor económico del directo. Cada vez más giras apuestan por este formato, mientras que las arenas medianas, teatros y salas pequeñas encuentran más dificultades para subsistir.
La internacionalización del negocio es otra tendencia. Aunque Estados Unidos sigue siendo el principal mercado, Europa, Latinoamérica y Asia ganan peso en las rutas globales. Las grandes giras se conciben ya como operaciones plenamente internacionales, con calendarios más largos, producciones más complejas y una dependencia creciente de públicos más diversos.
Sin embargo, un problema de fondo que aparece una y otra vez es los costes no dejan de subir. Producciones más complejas, transportes internacionales, personal técnico y seguros han elevado el umbral de rentabilidad de las giras. Para muchos artistas, salir a la carretera solo tiene sentido si se alcanzan volúmenes muy altos.
La conclusión del informe es clara: la música en directo sigue siendo uno de los pilares más sólidos de la industria cultural, pero el ciclo de crecimiento acelerado ha terminado. El reto a partir de ahora no será batir récords cada año, sino gestionar un mercado más maduro, más caro y más concentrado, manteniendo un equilibrio sostenible entre grandes eventos, diversidad artística y viabilidad económica del conjunto del sector.