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"Alfonso Ussía: el contagio de la alegría"
Recuerdo aquella mañana en que mi padre me señaló en el periódico el artículo de Alfonso Ussía, y desde ese momento, su Columna Satírica se convirtió en un destino a seguir para mí. Me gustaba leer y reír con él, y aunque no sabía entonces qué camino iba a tomar mi carrera como escritor, me limitaba a consumir sus columnas con fruición.
Mi padre era un hombre que compartía su entusiasmo por el humor, y cuando descubrimos aquellos columnistas, hubo marcha atrás. Mi padre quería compartir la alegría que le había proporcionado leer esas páginas con nosotros. Los tenías desde el ingenio sutil hasta la risotada estentórea, y nos enseñaba a respetar la inteligencia del lector mediante humor.
Pero lo que más me impresionó en Alfonso Ussía fue su disciplina espartana de articulista cotidiano, donde rara vez dejaba que la amargura inevitable de la vida o de la actualidad acabaran manchándole el folio. Era un hombre que se divertía mucho escribiendo, pero a menudo no estaba divirtiéndose en absoluto mientras escribía para su lector.
En la Navidad de 2024, Ussía elogió una columna mía hasta el punto de pedir el Cavia para mí. Aunque sabíamos que no me lo darían, aquella columna cerraba un círculo que había comenzado cuando mi padre me señaló el artículo de Ussía años atrás. A seguir contagiando esa alegría a otros con nuestras columnas es lo que dedicamos nuestro empeño.
Mi admiración por Alfonso Ussía se basa en su terca voluntad de mantener un humor intransigente, incluso ante la amargura inevitable de la vida o la actualidad. Su generosidad en el esfuerzo es emocionante, y a menudo me pregunto qué días no estaba divirtiéndose mientras escribía para sus lectores.
Recuerdo aquella mañana en que mi padre me señaló en el periódico el artículo de Alfonso Ussía, y desde ese momento, su Columna Satírica se convirtió en un destino a seguir para mí. Me gustaba leer y reír con él, y aunque no sabía entonces qué camino iba a tomar mi carrera como escritor, me limitaba a consumir sus columnas con fruición.
Mi padre era un hombre que compartía su entusiasmo por el humor, y cuando descubrimos aquellos columnistas, hubo marcha atrás. Mi padre quería compartir la alegría que le había proporcionado leer esas páginas con nosotros. Los tenías desde el ingenio sutil hasta la risotada estentórea, y nos enseñaba a respetar la inteligencia del lector mediante humor.
Pero lo que más me impresionó en Alfonso Ussía fue su disciplina espartana de articulista cotidiano, donde rara vez dejaba que la amargura inevitable de la vida o de la actualidad acabaran manchándole el folio. Era un hombre que se divertía mucho escribiendo, pero a menudo no estaba divirtiéndose en absoluto mientras escribía para su lector.
En la Navidad de 2024, Ussía elogió una columna mía hasta el punto de pedir el Cavia para mí. Aunque sabíamos que no me lo darían, aquella columna cerraba un círculo que había comenzado cuando mi padre me señaló el artículo de Ussía años atrás. A seguir contagiando esa alegría a otros con nuestras columnas es lo que dedicamos nuestro empeño.
Mi admiración por Alfonso Ussía se basa en su terca voluntad de mantener un humor intransigente, incluso ante la amargura inevitable de la vida o la actualidad. Su generosidad en el esfuerzo es emocionante, y a menudo me pregunto qué días no estaba divirtiéndose mientras escribía para sus lectores.