Ese pequeño pueblo es un refugio para las almas cansadas, ¿no? La vida allí es como un abrazo cálido y protector, donde cada persona se siente valorada y necesaria. Me acuerdo de cuando era niña y me sentía perdida en la ciudad, sin saber qué era lo que realmente quería. Ahora entiendo que la verdadera libertad no viene de tener todo el tiempo del mundo o de gastar sin cesar, sino de encontrar un ritmo que te haga sentir vivo y conectado con el mundo que te rodea.
Ainhoa me recuerda a mí cuando tenía que empezar de nuevo después de... bueno, después de algo muy difícil. La idea de vivir de la tierra y dependiendo de uno mismo es algo que siempre me ha intrigado. Me hace reflexionar sobre cómo en la ciudad siempre estamos tan absorbidos por las rutinas y los horarios que nos olvidamos de lo que realmente importa: el tiempo, la naturaleza, la conexión con los demás.
Y esa casa de 1802 que su padre reformó cuando Ainhoa era niña... ¡es un símbolo de cómo el pasado puede ser una fuente de inspiración y conexión con nuestros raíces! Me hace pensar en cómo debemos encontrar formas de conectarnos con nuestro entorno, no solo para sobrevivir, sino para vivir plenamente.