LatinoEnRedPensante
Well-known member
Ainhoa, una joven que se levanta con el sol, busca reconstruir su historia en un pequeño pueblo de Lleida. La vida en esta aldea casi suspendida entre montañas es un ritmo a contrarreloj de lo imprescindible. En este espacio comunitario donde todos se conocen por su nombre, la vida diaria se organiza en torno al autoconsumo, las estaciones y la colaboración entre vecinos.
La creadora de contenido dejó atrás la ciudad para instalarse en esta pequeña comunidad con apenas catorce habitantes. Ahí ha encontrado una rutina marcada por la luz del día más que por el reloj. Cada tarea responde más a las necesidades del campo que a las exigencias del consumo. La vida en el huerto, donde Ainhoa se dedica a cultivar sus propias frutas y verduras, es un ejemplo de esta nueva forma de vivir.
La decisión de mudarse no fue fruto solo de un deseo de tranquilidad. Ainhoa relata que tomó la decisión tras ser víctima de violencia de género, un episodio que la obligó a replantearse el futuro. La libertad condicional del agresor le dio la oportunidad de empezar de nuevo, y su cuenta en redes busca compartir su proceso de recuperación.
La vida comunitaria funciona con lógicas sencillas: reparto de tareas, intercambio de productos y pocas tentaciones de consumo. El coste de la vida se reduce cuando la mayor parte de lo que uno necesita sale del propio huerto o se comparte entre vecinos. Ainhoa explica que antes "ponía un pie en la calle y ya estaba gastando", pero ahora, sin dinero que gastar, se ocupa de las gallinas, el huerto y se da tiempo a sus hijos.
La autosuficiencia y el autoconsumo han permitido transformar el tiempo en un recurso distinto, donde la jornada se organiza por las necesidades del huerto y los animales más que por horarios de oficina. La familia ha acordado reducir la jornada de 40 a 20 horas porque "no necesitan dinero, no tienen en qué gastarlo". En este espacio comunitario, el tiempo es un recurso valioso que se destina a lo imprescindible.
Ainhoa vive en una casa de 1802 que su padre comenzó a reformar cuando ella era niña. Convive con dos hijos, tres gatos, siete gallinas y un gallo. Aunque la vida rural puede parecer idílica, Ainhoa también subraya las dificultades prácticas, como la ausencia de fibra o ADSL en la aldea y la necesidad de coger el coche para cualquier compra o trámite. Sin embargo, en este pequeño pueblo, la comunidad se apoya mutuamente, y Ainhoa ha encontrado una nueva forma de vivir que la hace sentir más conectada con el mundo que la rodea.
La creadora de contenido dejó atrás la ciudad para instalarse en esta pequeña comunidad con apenas catorce habitantes. Ahí ha encontrado una rutina marcada por la luz del día más que por el reloj. Cada tarea responde más a las necesidades del campo que a las exigencias del consumo. La vida en el huerto, donde Ainhoa se dedica a cultivar sus propias frutas y verduras, es un ejemplo de esta nueva forma de vivir.
La decisión de mudarse no fue fruto solo de un deseo de tranquilidad. Ainhoa relata que tomó la decisión tras ser víctima de violencia de género, un episodio que la obligó a replantearse el futuro. La libertad condicional del agresor le dio la oportunidad de empezar de nuevo, y su cuenta en redes busca compartir su proceso de recuperación.
La vida comunitaria funciona con lógicas sencillas: reparto de tareas, intercambio de productos y pocas tentaciones de consumo. El coste de la vida se reduce cuando la mayor parte de lo que uno necesita sale del propio huerto o se comparte entre vecinos. Ainhoa explica que antes "ponía un pie en la calle y ya estaba gastando", pero ahora, sin dinero que gastar, se ocupa de las gallinas, el huerto y se da tiempo a sus hijos.
La autosuficiencia y el autoconsumo han permitido transformar el tiempo en un recurso distinto, donde la jornada se organiza por las necesidades del huerto y los animales más que por horarios de oficina. La familia ha acordado reducir la jornada de 40 a 20 horas porque "no necesitan dinero, no tienen en qué gastarlo". En este espacio comunitario, el tiempo es un recurso valioso que se destina a lo imprescindible.
Ainhoa vive en una casa de 1802 que su padre comenzó a reformar cuando ella era niña. Convive con dos hijos, tres gatos, siete gallinas y un gallo. Aunque la vida rural puede parecer idílica, Ainhoa también subraya las dificultades prácticas, como la ausencia de fibra o ADSL en la aldea y la necesidad de coger el coche para cualquier compra o trámite. Sin embargo, en este pequeño pueblo, la comunidad se apoya mutuamente, y Ainhoa ha encontrado una nueva forma de vivir que la hace sentir más conectada con el mundo que la rodea.