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El año 2025 cerró fuerte para la industria global de la música en directo. Dos años de crecimiento explosivo se dieron por sentado, y ahora el sector ha entrado en una fase de normalización tras la pandemia, según revela el informe anual de Pollstar.
Aunque las cifras siguen siendo altas, no avanzan al ritmo vertiginoso que marcó los récords recientes. La industria experimenta una ligera caída tanto en la recaudación total como en el número de entradas vendidas con respecto a 2024. Sin embargo, lo que se cierra este año es la etapa extraordinaria del rebote, alimentada por el público que volvió en masa a los conciertos tras el parón.
La clave del año está en una aparente contradicción: aunque el total de ingresos baja, la recaudación por concierto alcanza máximos históricos. Los artistas generan más ingresos por cada entrada que venden, lo que responde a una estrategia cada vez más extendida entre artistas y promotores: menos fechas, pero en recintos más grandes, con una consiguiente mayor optimización de precios, aforos y producción.
Los superestrellas lideran el dominio del mercado. Beyoncé, Oasis y Coldplay encabezan las listas mundiales y simbolizan el tipo de espectáculo que hoy sostiene el negocio: grandes eventos de estadio, concebidos como citas excepcionales, con precios elevados y una fuerte carga emocional o generacional.
El concierto deja de ser una parada más de una gira para convertirse en un acontecimiento en sí mismo, algo que uno no puede perderse. El informe detecta también un cambio en el comportamiento del público. Los espectadores siguen dispuestos a pagar entradas caras, pero compran menos conciertos al año y priorizan aquellos percibidos como imprescindibles.
Esta mayor selectividad refuerza a las superestrellas y eleva el listón para el resto de artistas, que necesitan propuestas cada vez más claras y diferenciadas para movilizar a su audiencia. Los estadios se consolidan también como el gran motor económico del directo. Cada vez más giras apuestan por este formato, mientras que las arenas medianas, teatros y salas pequeñas encuentran más dificultades para subsistir.
La internacionalización del negocio es otro tema destacado. Aunque Estados Unidos sigue siendo el principal mercado, Europa, Latinoamérica y Asia ganan peso en las rutas globales. Las grandes giras se conciben ya como operaciones plenamente internacionales, con calendarios más largos, producciones más complejas y una dependencia creciente de públicos más diversos.
Pero a este contexto se suma un problema de fondo que aparece una y otra vez en el informe: los costes no dejan de subir. Producciones más complejas, transportes internacionales, personal técnico y seguros han elevado el umbral de rentabilidad de las giras. Para muchos artistas, salir a la carretera solo tiene sentido si se alcanzan volúmenes muy altos, lo que empuja aún más al mercado hacia los grandes recintos y reduce el margen para propuestas intermedias.
La conclusión del informe es clara: la música en directo sigue siendo uno de los pilares más sólidos de la industria cultural, pero el ciclo de crecimiento acelerado ha terminado. El reto a partir de ahora no será batir récords cada año, sino gestionar un mercado más maduro, más caro y más concentrado, manteniendo un equilibrio sostenible entre grandes eventos, diversidad artística y viabilidad económica del conjunto del sector.
La música en directo cierra 2025 fuerte, pero más contenida. El gran boom ha quedado atrás y el sector entra en una etapa más madura, en la que no bastará con crecer: habrá que acertar. Esa será la verdadera prueba de 2026.
Aunque las cifras siguen siendo altas, no avanzan al ritmo vertiginoso que marcó los récords recientes. La industria experimenta una ligera caída tanto en la recaudación total como en el número de entradas vendidas con respecto a 2024. Sin embargo, lo que se cierra este año es la etapa extraordinaria del rebote, alimentada por el público que volvió en masa a los conciertos tras el parón.
La clave del año está en una aparente contradicción: aunque el total de ingresos baja, la recaudación por concierto alcanza máximos históricos. Los artistas generan más ingresos por cada entrada que venden, lo que responde a una estrategia cada vez más extendida entre artistas y promotores: menos fechas, pero en recintos más grandes, con una consiguiente mayor optimización de precios, aforos y producción.
Los superestrellas lideran el dominio del mercado. Beyoncé, Oasis y Coldplay encabezan las listas mundiales y simbolizan el tipo de espectáculo que hoy sostiene el negocio: grandes eventos de estadio, concebidos como citas excepcionales, con precios elevados y una fuerte carga emocional o generacional.
El concierto deja de ser una parada más de una gira para convertirse en un acontecimiento en sí mismo, algo que uno no puede perderse. El informe detecta también un cambio en el comportamiento del público. Los espectadores siguen dispuestos a pagar entradas caras, pero compran menos conciertos al año y priorizan aquellos percibidos como imprescindibles.
Esta mayor selectividad refuerza a las superestrellas y eleva el listón para el resto de artistas, que necesitan propuestas cada vez más claras y diferenciadas para movilizar a su audiencia. Los estadios se consolidan también como el gran motor económico del directo. Cada vez más giras apuestan por este formato, mientras que las arenas medianas, teatros y salas pequeñas encuentran más dificultades para subsistir.
La internacionalización del negocio es otro tema destacado. Aunque Estados Unidos sigue siendo el principal mercado, Europa, Latinoamérica y Asia ganan peso en las rutas globales. Las grandes giras se conciben ya como operaciones plenamente internacionales, con calendarios más largos, producciones más complejas y una dependencia creciente de públicos más diversos.
Pero a este contexto se suma un problema de fondo que aparece una y otra vez en el informe: los costes no dejan de subir. Producciones más complejas, transportes internacionales, personal técnico y seguros han elevado el umbral de rentabilidad de las giras. Para muchos artistas, salir a la carretera solo tiene sentido si se alcanzan volúmenes muy altos, lo que empuja aún más al mercado hacia los grandes recintos y reduce el margen para propuestas intermedias.
La conclusión del informe es clara: la música en directo sigue siendo uno de los pilares más sólidos de la industria cultural, pero el ciclo de crecimiento acelerado ha terminado. El reto a partir de ahora no será batir récords cada año, sino gestionar un mercado más maduro, más caro y más concentrado, manteniendo un equilibrio sostenible entre grandes eventos, diversidad artística y viabilidad económica del conjunto del sector.
La música en directo cierra 2025 fuerte, pero más contenida. El gran boom ha quedado atrás y el sector entra en una etapa más madura, en la que no bastará con crecer: habrá que acertar. Esa será la verdadera prueba de 2026.