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Donald Trump con sus nuevos años está en el centro del escenario geopolítico. La tormenta de noticias que ha desencadenado con el nuevo año deja poco espacio para la reflexión y el encaje político y social de la avalancha de acontecimientos.
Ataque a Venezuela, el "secuestro" de Maduro y su esposa, amenazas a Colombia y a Cuba, salida de EEUU de múltiples organismos diplomáticos y de cooperación científica internacionales y demanda de anexión de Groenlandia, territorio danés. Pero hay más elementos, más allá de representar una vieja aspiración.
El Ártico tiene una gran carga simbólica y militar desde la Guerra Fría. Fue un escenario de rivalidad entre superpotencias. Rusia, que posee la mayor línea costera ártica, desarrolló bases militares y flotas de submarinos nucleares y rompehielos. Esa presencia hoy se ha reactivado bajo Putin, que considera el Ártico una prioridad de seguridad nacional.
Trump ve en el Ártico la nueva frontera de influencia geopolítica. Lo que cambia con Trump es el tono abiertamente expansionista: habla de incorporar territorios, igual que Putin lo hace con Crimea. Esto marca el fin del orden multilateral que Estados Unidos lideró desde la Segunda Guerra Mundial. Entramos en una era de competencias territoriales reminiscentes del siglo XIX, donde las potencias buscan ampliar su control directo o indirecto.
La Unión Europea está totalmente fuera del juego. Vive en otro mundo. Tras la guerra en Ucrania y con el regreso de Donald Trump a la presidencia, el orden internacional se ha transformado en un escenario sin leyes, dominado por la fuerza. Lo estamos viendo en Venezuela y en otros lugares. Y en ese contexto, nadie en Europa está dispuesto a luchar por Groenlandia, igual que nadie estaba dispuesto a morir por Ucrania.
La ambición Ártica de Trump pasa por traicionar a su socios europeos y en el viejo continente no parecen verlo. "Estados Unidos lleva años de retraso respecto a Rusia, y también frente a China", destaca Milosevich. "Su última estrategia ártica, elaborada aún bajo la administración Biden, se centraba más en China que en Rusia".
La UE ha logrado establecer alianzas en el Ártico pero los cálculos geopolíticos y el coste de la contienda en Ucrania condicionan su posición. "Se han observado signos positivos de cooperación tanto entre los países nórdicos, especialmente Finlandia y Suecia como miembros de la OTAN, como entre los gobiernos europeos y Canadá", añade el experto.
Pero para qué necesitan EEUU de Rusia? "Entenderse con Rusia, que es la gran potencia ártica, si quiere reforzar su posición en el Ártico norteamericano -lo que incluye Groenlandia y el Ártico canadiense-", destaca Milosevich. "Su nueva doctrina apunta justo en esa dirección".
Groenlandia es la verdadera batalla por el control del Ártico y nadie en Europa está dispuesto a luchar por ella, igual que nadie estaba dispuesto a morir por Ucrania. La UE vive en otro mundo, donde la fuerza se ha convertido en el orden del día.
"Las relaciones entre Groenlandia y Dinamarca siguen marcadas por un pasado colonial doloroso", destaca Milosevich. "Hace poco se reveló el escándalo de las esterilizaciones forzadas de niñas inuit en los años 70 y 80". Eso explica por qué no hay un verdadero interés en mantener lazos estrechos con Dinamarca ni con Europa.
"El experto italiano en el Ártico, Marzio G. Mian, ubica en la región el centro sobre el que gira gran parte de la geopolítica contemporánea y llega a la conclusión de que ya está en marcha un conflicto en el que Europa, si no actúa, tiene todas las de perder", concluye.
Ataque a Venezuela, el "secuestro" de Maduro y su esposa, amenazas a Colombia y a Cuba, salida de EEUU de múltiples organismos diplomáticos y de cooperación científica internacionales y demanda de anexión de Groenlandia, territorio danés. Pero hay más elementos, más allá de representar una vieja aspiración.
El Ártico tiene una gran carga simbólica y militar desde la Guerra Fría. Fue un escenario de rivalidad entre superpotencias. Rusia, que posee la mayor línea costera ártica, desarrolló bases militares y flotas de submarinos nucleares y rompehielos. Esa presencia hoy se ha reactivado bajo Putin, que considera el Ártico una prioridad de seguridad nacional.
Trump ve en el Ártico la nueva frontera de influencia geopolítica. Lo que cambia con Trump es el tono abiertamente expansionista: habla de incorporar territorios, igual que Putin lo hace con Crimea. Esto marca el fin del orden multilateral que Estados Unidos lideró desde la Segunda Guerra Mundial. Entramos en una era de competencias territoriales reminiscentes del siglo XIX, donde las potencias buscan ampliar su control directo o indirecto.
La Unión Europea está totalmente fuera del juego. Vive en otro mundo. Tras la guerra en Ucrania y con el regreso de Donald Trump a la presidencia, el orden internacional se ha transformado en un escenario sin leyes, dominado por la fuerza. Lo estamos viendo en Venezuela y en otros lugares. Y en ese contexto, nadie en Europa está dispuesto a luchar por Groenlandia, igual que nadie estaba dispuesto a morir por Ucrania.
La ambición Ártica de Trump pasa por traicionar a su socios europeos y en el viejo continente no parecen verlo. "Estados Unidos lleva años de retraso respecto a Rusia, y también frente a China", destaca Milosevich. "Su última estrategia ártica, elaborada aún bajo la administración Biden, se centraba más en China que en Rusia".
La UE ha logrado establecer alianzas en el Ártico pero los cálculos geopolíticos y el coste de la contienda en Ucrania condicionan su posición. "Se han observado signos positivos de cooperación tanto entre los países nórdicos, especialmente Finlandia y Suecia como miembros de la OTAN, como entre los gobiernos europeos y Canadá", añade el experto.
Pero para qué necesitan EEUU de Rusia? "Entenderse con Rusia, que es la gran potencia ártica, si quiere reforzar su posición en el Ártico norteamericano -lo que incluye Groenlandia y el Ártico canadiense-", destaca Milosevich. "Su nueva doctrina apunta justo en esa dirección".
Groenlandia es la verdadera batalla por el control del Ártico y nadie en Europa está dispuesto a luchar por ella, igual que nadie estaba dispuesto a morir por Ucrania. La UE vive en otro mundo, donde la fuerza se ha convertido en el orden del día.
"Las relaciones entre Groenlandia y Dinamarca siguen marcadas por un pasado colonial doloroso", destaca Milosevich. "Hace poco se reveló el escándalo de las esterilizaciones forzadas de niñas inuit en los años 70 y 80". Eso explica por qué no hay un verdadero interés en mantener lazos estrechos con Dinamarca ni con Europa.
"El experto italiano en el Ártico, Marzio G. Mian, ubica en la región el centro sobre el que gira gran parte de la geopolítica contemporánea y llega a la conclusión de que ya está en marcha un conflicto en el que Europa, si no actúa, tiene todas las de perder", concluye.