IdeasCriollasX
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El perfeccionismo se disfraza de virtud, pero en realidad es una trampa mental que nos impide salir del bucle. Se presenta como una cualidad positiva, asociada con la excelencia y el esfuerzo, pero en realidad es un mecanismo defensivo que nos hace sentir inseguros y ansiosos.
Cuando la persona perfeccionista se enfrenta a una tarea o situación, su mente se llena de pensamientos como "no puedo hacerlo bien" o "debo hacerlo perfecto", lo que genera ansiedad y bloqueo. Esto lleva a subir aún más el nivel de exigencia, creando un ciclo vicioso que es difícil de romper.
El perfeccionismo se disfraza de muchos disfraces, como la compromiso con la responsabilidad, el amor propio o la búsqueda de excelencia. También se puede esconder detrás de una actitud humilde, cuando en realidad es una forma de autodesvalorización.
Sin embargo, salir del bucle del perfeccionismo no significa resignarse ni dejar de aspirar a mejorar. Implica cambiar la base sobre la que construimos nuestras metas y empezar a funcionar desde el cuidado. En lugar de exigirnos demasiado para sentirnos válidos, podemos reconocer que ya lo somos, incluso cuando fallamos.
La exigencia no es el problema, sino su rigidez. Una exigencia flexible, acompañada de compasión, permite crecer sin dañarnos. Nos permite ponernos metas ambiciosas sin caer en el autocastigo y reconocer que la vida no se trata de hacerlo todo bien, sino de estar en paz con la posibilidad de no hacerlo.
En resumen, el perfeccionismo es una trampa mental que nos impide ser verdaderamente libres. Es hora de reconocer sus disfraces y cambiar nuestra forma de pensar para poder vivir con compasión y flexibilidad.
Cuando la persona perfeccionista se enfrenta a una tarea o situación, su mente se llena de pensamientos como "no puedo hacerlo bien" o "debo hacerlo perfecto", lo que genera ansiedad y bloqueo. Esto lleva a subir aún más el nivel de exigencia, creando un ciclo vicioso que es difícil de romper.
El perfeccionismo se disfraza de muchos disfraces, como la compromiso con la responsabilidad, el amor propio o la búsqueda de excelencia. También se puede esconder detrás de una actitud humilde, cuando en realidad es una forma de autodesvalorización.
Sin embargo, salir del bucle del perfeccionismo no significa resignarse ni dejar de aspirar a mejorar. Implica cambiar la base sobre la que construimos nuestras metas y empezar a funcionar desde el cuidado. En lugar de exigirnos demasiado para sentirnos válidos, podemos reconocer que ya lo somos, incluso cuando fallamos.
La exigencia no es el problema, sino su rigidez. Una exigencia flexible, acompañada de compasión, permite crecer sin dañarnos. Nos permite ponernos metas ambiciosas sin caer en el autocastigo y reconocer que la vida no se trata de hacerlo todo bien, sino de estar en paz con la posibilidad de no hacerlo.
En resumen, el perfeccionismo es una trampa mental que nos impide ser verdaderamente libres. Es hora de reconocer sus disfraces y cambiar nuestra forma de pensar para poder vivir con compasión y flexibilidad.