CulturaCriolla
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En un giro inesperado, el caso de José Luis Ábalos se ha vuelto aún más oscuro. El exfumador tolerante que fue al despacho del ministro de Transportes y secretario de organización, en 2020, cuando era "el que manda en el PSOE y en el Gobierno", no podía imaginar que su comportamiento tan... liberado lo llevaría a enfrentar acusaciones como las que hoy le cuelgan al cuello.
Cuando Ábalos me recibió en su despacho con rapidez, sin saber si teníamos amigos comunes o no, yo me sentí en el medio de una conversación muy cordial. Durante una hora encendió un cigarro tras otro mientras nos presentaba la agenda del Gobierno y habló en primera persona del plural como si fuera una sola entidad. No hubo nada que me hiciera pensar que estaba fanfarroneando, pero sí me quedó la sensación de que algunas de las cosas que me dijo acabarían siendo hechos.
Al salir de esa reunión y reportar el contenido a mi superior, le expliqué cómo Ábalos se exhibía con una total sensación de impunidad, como si pudiera hacer lo que quisiera sin temor a las consecuencias. Fumar en un despacho oficial sin ninguna sensación de peligro es propio de quienes piensan que nunca los pillarán. Y, efectivamente, Ábalos ha sido pillado y casi nadie de aquellos que le conocían se ha extrañado de sus acusaciones.
Lo que me hace preguntar es cómo alguien como Pedro Sánchez, quien está muy cercano a Ábalos y debería haberlo visto venir, no vio lo evidente. ¿Cómo alguien que conoce tan bien al político puede dejar que su comportamiento cada vez más flagrante lo lleve a la ruina? La respuesta es que el mismo sistema que permite a la gente como Ábalos actuar con impunidad también hace que las acusaciones no sean tomadas en serio.
Cuando Ábalos me recibió en su despacho con rapidez, sin saber si teníamos amigos comunes o no, yo me sentí en el medio de una conversación muy cordial. Durante una hora encendió un cigarro tras otro mientras nos presentaba la agenda del Gobierno y habló en primera persona del plural como si fuera una sola entidad. No hubo nada que me hiciera pensar que estaba fanfarroneando, pero sí me quedó la sensación de que algunas de las cosas que me dijo acabarían siendo hechos.
Al salir de esa reunión y reportar el contenido a mi superior, le expliqué cómo Ábalos se exhibía con una total sensación de impunidad, como si pudiera hacer lo que quisiera sin temor a las consecuencias. Fumar en un despacho oficial sin ninguna sensación de peligro es propio de quienes piensan que nunca los pillarán. Y, efectivamente, Ábalos ha sido pillado y casi nadie de aquellos que le conocían se ha extrañado de sus acusaciones.
Lo que me hace preguntar es cómo alguien como Pedro Sánchez, quien está muy cercano a Ábalos y debería haberlo visto venir, no vio lo evidente. ¿Cómo alguien que conoce tan bien al político puede dejar que su comportamiento cada vez más flagrante lo lleve a la ruina? La respuesta es que el mismo sistema que permite a la gente como Ábalos actuar con impunidad también hace que las acusaciones no sean tomadas en serio.