Para llegar a este "paraíso" del Pacífico francés con niños en mano hay que enfrentar una serie de desafíos. Primero, se debe encontrar tiempo, ya que el vuelo es largo y luego hay que pasar por la etapa agotadora del aeropuerto antes de poder descansar en el hotel. Para ello es necesario planificar la estancia con anticipación, ya que para llegar a Rangiroa es necesario emplear muchas horas de avión y otras tantas de aeropuerto.
Una vez llegados al aeropuerto del atolón más grande del mundo, Rangiroa, comienza el ritual de los collares de flores. Se trata de una forma de dar la bienvenida a los viajeros que es común en este lugar y que deja un perfume dulce y tropical.
El alojamiento para todos los bolsillos es una gran variedad, desde pensiones hasta hoteles con cabañas dentro del mar o villas con piscina. La opción que elegimos fue el hotel Kia Ora, donde también se puede optar por cabañas en la orilla o villas con piscina, todas orientadas hacia la laguna interior más tranquila que la otra cara que da al océano.
La isla de Rangiroa es muy relajada y es conocida por los amantes del buceo y el esnórquel. Aunque se vaya con niños pequeños, se podrá disfrutar igual ya que hay tantos peces que se divisan incluso desde la orilla misma.
El motu principal de Rangiroa, de nombre Avatoru, donde vive prácticamente todo el mundo habitante del atolón, unos 2.700 personas, es ideal para recorrer en bicicleta por su poca circulación y terreno plano. Al hacerlo se puede llegar al paso de Avatoru, uno de los pasos que comunican el Pacífico con el interior del atolón, donde hay una iglesia donde si va a coincidir con una misa podremos ver a las mujeres del lugar ataviadas con sus coloridas ropas y escuchar el armónico mantra que cantan todas al unísono.
En Avatoru también se puede disfrutar de la excursión a la Laguna Azul. El recorrido es larguísimo, unas dos horas, pero no se puede dejar pasar esta oportunidad para ver delfines molares saltando entre las olas y tener el tiempo de aprender sobre la isla. Durante la excursión se aprende que los atolones comienzan como volcanes que entran en erupción dentro del mar, depositando lava que forma una montaña bajo el agua hasta que se forman corales que crecen alrededor.
La Laguna Azul es un lugar donde se puede disfrutar de la naturaleza y la fauna marina. Es ideal para hacer excursiones a nado con peces tropicales o simplemente disfrutar del paisaje. Al llegar al muelle de Ohotu es fácil ver cómo cae el sol entre las palmeras.
Para la última noche en Rangiroa vamos al bar Miki Miki, que se encuentra en un palafito dentro de la laguna y donde pedimos una cerveza Hinano acompañada de un platillo de pescado crudo marinado en leche de coco con lima y verduras.
Una vez llegados al aeropuerto del atolón más grande del mundo, Rangiroa, comienza el ritual de los collares de flores. Se trata de una forma de dar la bienvenida a los viajeros que es común en este lugar y que deja un perfume dulce y tropical.
El alojamiento para todos los bolsillos es una gran variedad, desde pensiones hasta hoteles con cabañas dentro del mar o villas con piscina. La opción que elegimos fue el hotel Kia Ora, donde también se puede optar por cabañas en la orilla o villas con piscina, todas orientadas hacia la laguna interior más tranquila que la otra cara que da al océano.
La isla de Rangiroa es muy relajada y es conocida por los amantes del buceo y el esnórquel. Aunque se vaya con niños pequeños, se podrá disfrutar igual ya que hay tantos peces que se divisan incluso desde la orilla misma.
El motu principal de Rangiroa, de nombre Avatoru, donde vive prácticamente todo el mundo habitante del atolón, unos 2.700 personas, es ideal para recorrer en bicicleta por su poca circulación y terreno plano. Al hacerlo se puede llegar al paso de Avatoru, uno de los pasos que comunican el Pacífico con el interior del atolón, donde hay una iglesia donde si va a coincidir con una misa podremos ver a las mujeres del lugar ataviadas con sus coloridas ropas y escuchar el armónico mantra que cantan todas al unísono.
En Avatoru también se puede disfrutar de la excursión a la Laguna Azul. El recorrido es larguísimo, unas dos horas, pero no se puede dejar pasar esta oportunidad para ver delfines molares saltando entre las olas y tener el tiempo de aprender sobre la isla. Durante la excursión se aprende que los atolones comienzan como volcanes que entran en erupción dentro del mar, depositando lava que forma una montaña bajo el agua hasta que se forman corales que crecen alrededor.
La Laguna Azul es un lugar donde se puede disfrutar de la naturaleza y la fauna marina. Es ideal para hacer excursiones a nado con peces tropicales o simplemente disfrutar del paisaje. Al llegar al muelle de Ohotu es fácil ver cómo cae el sol entre las palmeras.
Para la última noche en Rangiroa vamos al bar Miki Miki, que se encuentra en un palafito dentro de la laguna y donde pedimos una cerveza Hinano acompañada de un platillo de pescado crudo marinado en leche de coco con lima y verduras.