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¿Por qué nuestros gatos nos hacen perder la cordura?
Los gatos nos parecen impenetrables y enigmáticos, pero ¿acaso no están tratando de comunicarnos algo? Según Pam Johnson-Bennett, experta en comportamiento felino y autora de varios libros superventas, el error más común entre los dueños de estos gatos es interpretar sus conductas desde la lógica humana. Cada acción tiene una razón que le resulta perfectamente coherente para ellos.
Cuando un gato orina fuera de la bandeja, araña un sofá o muerde una mano, ¿no está siendo malo? En realidad, está reaccionando ante algo que le genera miedo, inseguridad o frustración. Los animales repiten los comportamientos que funcionan para ellos, no los que nos complacen.
Entonces, el punto de partida no debería ser preguntarnos cómo castigarlos, sino buscar la causa y cómo podemos ayudarles a no tener necesidad de hacerlo. El primer paso es cambiar el punto de vista: mirar con ojos de gato. Observar el entorno, las circunstancias y el posible beneficio que obtiene el gato con esa conducta.
¿Qué está consiguiendo? ¿Se siente más seguro, más cómodo, más protegido? Por ejemplo, si un gato evita la caja de arena y elige miccionar en el dormitorio, puede que lo haga porque se siente amenazado en la zona del arenero. En este caso, el dormitorio representa un lugar tranquilo y seguro.
Esta mirada empática es lo que diferencia una convivencia basada en la frustración de otra basada en la comprensión. Pero ¿qué hacer cuando castigamos a nuestro gato? Parece una obviedad, pero sigue siendo el error más repetido: castigar no soluciona el problema ni lo agrava, solo genera miedo y desconfianza.
Los comportamientos catalogados como ‘malos’ son necesidades naturales y respuestas al estrés. Si pegamos o agredimos a un gato, en lugar de enseñarle qué debe hacer, aprende a temer a quien lo castiga. Así que el objetivo no es reprimir el comportamiento, sino entenderlo y ofrecer alternativas seguras.
Y si sospechamos que hay una causa veterinaria, antes de asumir que un problema es puramente conductual, debemos revisar a fondo. Los cambios en el comportamiento, la agresividad repentina o la apatía pueden deberse a problemas físicos como dolor, infecciones urinarias, problemas articulares o endocrinos.
Una vez descartado el origen físico, podemos trabajar con más garantías de éxito la parte emocional o ambiental. Y aquí es donde entra en juego la importancia de detectar el problema a tiempo. Los conflictos entre gatos o entre gato y persona conviviente no surgen de la noche a la mañana.
La especialista señala que, en hogares con varios felinos, los dueños a menudo no perciben las señales tempranas de tensión como son las miradas fijas, los bloqueos de paso, las persecuciones silenciosas o las conductas de evitación. Esperar a que aparezcan los zarpazos ya es llegar tarde.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Reorganizar los recursos (comederos, cajas de arena, zonas de descanso) y ofrecer espacios personales para cada gato o grupo social es una medida básica para prevenir la competencia por recursos y el estrés crónico.
Una vez identificada la causa, toca crear un plan de comportamiento que se centre en lo que sí queremos que el gato haga y no en lo que queremos que deje de hacer. Este debe centrarse en reforzarlo con premios, juego y afecto.
Y si ha habido castigos o tensión, es crucial reconstruir la confianza. Volver a jugar, compartir tiempo y permitir que el gato se acerque cuando quiera son los pasos para reparar el vínculo.
Los gatos nos parecen impenetrables y enigmáticos, pero ¿acaso no están tratando de comunicarnos algo? Según Pam Johnson-Bennett, experta en comportamiento felino y autora de varios libros superventas, el error más común entre los dueños de estos gatos es interpretar sus conductas desde la lógica humana. Cada acción tiene una razón que le resulta perfectamente coherente para ellos.
Cuando un gato orina fuera de la bandeja, araña un sofá o muerde una mano, ¿no está siendo malo? En realidad, está reaccionando ante algo que le genera miedo, inseguridad o frustración. Los animales repiten los comportamientos que funcionan para ellos, no los que nos complacen.
Entonces, el punto de partida no debería ser preguntarnos cómo castigarlos, sino buscar la causa y cómo podemos ayudarles a no tener necesidad de hacerlo. El primer paso es cambiar el punto de vista: mirar con ojos de gato. Observar el entorno, las circunstancias y el posible beneficio que obtiene el gato con esa conducta.
¿Qué está consiguiendo? ¿Se siente más seguro, más cómodo, más protegido? Por ejemplo, si un gato evita la caja de arena y elige miccionar en el dormitorio, puede que lo haga porque se siente amenazado en la zona del arenero. En este caso, el dormitorio representa un lugar tranquilo y seguro.
Esta mirada empática es lo que diferencia una convivencia basada en la frustración de otra basada en la comprensión. Pero ¿qué hacer cuando castigamos a nuestro gato? Parece una obviedad, pero sigue siendo el error más repetido: castigar no soluciona el problema ni lo agrava, solo genera miedo y desconfianza.
Los comportamientos catalogados como ‘malos’ son necesidades naturales y respuestas al estrés. Si pegamos o agredimos a un gato, en lugar de enseñarle qué debe hacer, aprende a temer a quien lo castiga. Así que el objetivo no es reprimir el comportamiento, sino entenderlo y ofrecer alternativas seguras.
Y si sospechamos que hay una causa veterinaria, antes de asumir que un problema es puramente conductual, debemos revisar a fondo. Los cambios en el comportamiento, la agresividad repentina o la apatía pueden deberse a problemas físicos como dolor, infecciones urinarias, problemas articulares o endocrinos.
Una vez descartado el origen físico, podemos trabajar con más garantías de éxito la parte emocional o ambiental. Y aquí es donde entra en juego la importancia de detectar el problema a tiempo. Los conflictos entre gatos o entre gato y persona conviviente no surgen de la noche a la mañana.
La especialista señala que, en hogares con varios felinos, los dueños a menudo no perciben las señales tempranas de tensión como son las miradas fijas, los bloqueos de paso, las persecuciones silenciosas o las conductas de evitación. Esperar a que aparezcan los zarpazos ya es llegar tarde.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Reorganizar los recursos (comederos, cajas de arena, zonas de descanso) y ofrecer espacios personales para cada gato o grupo social es una medida básica para prevenir la competencia por recursos y el estrés crónico.
Una vez identificada la causa, toca crear un plan de comportamiento que se centre en lo que sí queremos que el gato haga y no en lo que queremos que deje de hacer. Este debe centrarse en reforzarlo con premios, juego y afecto.
Y si ha habido castigos o tensión, es crucial reconstruir la confianza. Volver a jugar, compartir tiempo y permitir que el gato se acerque cuando quiera son los pasos para reparar el vínculo.