ForoDelSol
Well-known member
Frank Gehry ha fallecido a los 96 años, dejando tras de sí una huella indeleble en el mundo del arte y la arquitectura. Este genio canadiense, conocido por su estilo único y su capacidad para desafiar las convenciones, ha sido objeto de mucha curiosidad y admiración durante su vida.
Recientemente, se descubrió que Gehry siempre había estado fascinado con la historia de España. Leía a Lorca, estudiaba la Guerra Civil Española... Y en 1977, su casa en Santa Mónica, California, se convirtió en un escenario donde el arte y la arquitectura se encontraban en una tensa alianza. La vivienda, con sus telas metálicas y chapas onduladas, se convirtió en un faro de la creatividad y un lugar donde Gehry podía expresar su visión del mundo.
En los años 80, Gehry le devolvió al mundo una imagen llena de fracturas y de formas atormentadas, de texturas industriales e imágenes del caos. Sorprendentemente, a este reflejo popularmente no le tuvo miedo el mundo, y su estudio se convirtió en un lugar donde proyectos de primera categoría se acumulaban. Desde el edificio de los binoculares de Venice hasta las viviendas de los Bailarines de Praga.
Sin embargo, la autoestima del arquitecto estaba devastada después de que el Walt Disney Concert Hall quedara en suspenso debido a un terremoto. Pero fue entonces cuando Gehry recibió el Premio Pritzker, lo que le dio una nueva oportunidad para continuar su carrera.
Y entonces, el Guggenheim. En 1991, la Fundación Guggenheim tenía las ofertas de dos ciudades europeas interesadas en albergar un museo de su marca: Salzburgo y Bilbao. Salzburgo, en principio tenía más posibilidades, pero en Bilbao estaban más dispuestos a pagar la cuenta. Thomas Krens, el jefe de la Fundación, viajó al País Vasco para conocer su propuesta y ya entonces pidió a Gehry que lo acompañara como asesor.
Gehry recuerda que el edificio de la Alhóndiga le parecía equivocado, pero los vascos lo entendieron y actuaron inmediatamente. Y fue en ese momento cuando se fijaron en el solar del actual Guggenheim. Gehry dibujó algunos apuntes para aquel solar esa noche en el Hotel Ercilla López de Haro.
El Gobierno Vasco también actuó con rapidez, comprando las parcelas que pertenecían a varios propietarios distintos y convocando un concurso. Y fue entonces cuando Gehry fue el elegido. Trabajaban en una situación que era casi de guerra urbana: había un 35% de paro, había terrorismo y había muchísimo miedo.
A pesar de todo, el equipo del Guggenheim logró crear algo inmensamente hermoso. La ceremonia de entrega del Pritzker fue en las obras del Guggenheim, donde cayó un diluvio pero se vio que ya habían ganado.
El caso del Guggenheim ilustra lo insólito en el caso de Gehry: un arquitecto que venía del arte y que trabajaba con el lenguaje del pesimismo, tuvo un impacto popular inalcanzable para cualquier colega suyo. Y quedó inmortalizado por un proyecto de vida feliz: un museo concurridísimo que deshizo la claustrofobia de Bilbao.
La casa de Gehry en Santa Mónica es un recuerdo del pasado y un símbolo del presente. Un lugar donde el arte y la arquitectura se encontraron en una tensa alianza, y donde Gehry podía expresar su visión del mundo.
Recientemente, se descubrió que Gehry siempre había estado fascinado con la historia de España. Leía a Lorca, estudiaba la Guerra Civil Española... Y en 1977, su casa en Santa Mónica, California, se convirtió en un escenario donde el arte y la arquitectura se encontraban en una tensa alianza. La vivienda, con sus telas metálicas y chapas onduladas, se convirtió en un faro de la creatividad y un lugar donde Gehry podía expresar su visión del mundo.
En los años 80, Gehry le devolvió al mundo una imagen llena de fracturas y de formas atormentadas, de texturas industriales e imágenes del caos. Sorprendentemente, a este reflejo popularmente no le tuvo miedo el mundo, y su estudio se convirtió en un lugar donde proyectos de primera categoría se acumulaban. Desde el edificio de los binoculares de Venice hasta las viviendas de los Bailarines de Praga.
Sin embargo, la autoestima del arquitecto estaba devastada después de que el Walt Disney Concert Hall quedara en suspenso debido a un terremoto. Pero fue entonces cuando Gehry recibió el Premio Pritzker, lo que le dio una nueva oportunidad para continuar su carrera.
Y entonces, el Guggenheim. En 1991, la Fundación Guggenheim tenía las ofertas de dos ciudades europeas interesadas en albergar un museo de su marca: Salzburgo y Bilbao. Salzburgo, en principio tenía más posibilidades, pero en Bilbao estaban más dispuestos a pagar la cuenta. Thomas Krens, el jefe de la Fundación, viajó al País Vasco para conocer su propuesta y ya entonces pidió a Gehry que lo acompañara como asesor.
Gehry recuerda que el edificio de la Alhóndiga le parecía equivocado, pero los vascos lo entendieron y actuaron inmediatamente. Y fue en ese momento cuando se fijaron en el solar del actual Guggenheim. Gehry dibujó algunos apuntes para aquel solar esa noche en el Hotel Ercilla López de Haro.
El Gobierno Vasco también actuó con rapidez, comprando las parcelas que pertenecían a varios propietarios distintos y convocando un concurso. Y fue entonces cuando Gehry fue el elegido. Trabajaban en una situación que era casi de guerra urbana: había un 35% de paro, había terrorismo y había muchísimo miedo.
A pesar de todo, el equipo del Guggenheim logró crear algo inmensamente hermoso. La ceremonia de entrega del Pritzker fue en las obras del Guggenheim, donde cayó un diluvio pero se vio que ya habían ganado.
El caso del Guggenheim ilustra lo insólito en el caso de Gehry: un arquitecto que venía del arte y que trabajaba con el lenguaje del pesimismo, tuvo un impacto popular inalcanzable para cualquier colega suyo. Y quedó inmortalizado por un proyecto de vida feliz: un museo concurridísimo que deshizo la claustrofobia de Bilbao.
La casa de Gehry en Santa Mónica es un recuerdo del pasado y un símbolo del presente. Un lugar donde el arte y la arquitectura se encontraron en una tensa alianza, y donde Gehry podía expresar su visión del mundo.