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La Eurovisión, ese festival que con su estética kitsch y hortera se convierte en un auténtico fenómeno global, pero también en un escenario sensible a la geopolítica. La creación de este festival en 1956 tuvo una intención clara: reunificar Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando llega el momento de la verdad, algunos países parecen haber olvidado sus orígenes.
Israel, que participará en Eurovisión por tercera vez consecutiva, es un país con una historia compleja y polémica. Su Gobierno ha sido acusado de genocidio y ha cometido atrocidades contra los palestinos. Más de 70.000 personas han muerto bajo las bombas israelíes, y muchos más han sido heridos. Los niños, las mujeres y los hombres son víctimas de la violencia indiscriminada del ejército israelí.
La Eurovisión debe ser un festival apolítico, pero no es así. Los países que participan en este festival parecen haber perdido su inocencia. El ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, ha expresado su ira hacia los países que han decidido retirarse del festival porque no quieren compartir la mesa con Israel. "Que la desgracia caiga sobre ellos", ha dicho.
Pero ¿qué grado de soberbia y de impunidad absoluta tiene este dirigente para expresarse de manera tan agresiva? ¿Es solo una bravata? La respuesta es no. La Eurovisión debe ser un escenario donde los países se reúnen en paz y armonía, no en disputas geopolíticas.
La situación en Gaza es un ejemplo de la desgracia que ha caído sobre Israel. Más de 350 palestinos han muerto por ataques israelíes, y la ayuda humanitaria no llega con el volumen necesario para hacer frente a las necesidades. Los equipos para reparar infraestructuras vitales y retirar municiones sin explotar no están disponibles.
La Eurovisión debe ser un momento de paz y compasión, no de hostilidad y agresividad. Israel debería haberse expulsado del festival por su comportamiento inaceptable. Ahora, es hora de que los países que han decidido retirarse del festival den un ejemplo de respeto y dignidad.
Israel, que participará en Eurovisión por tercera vez consecutiva, es un país con una historia compleja y polémica. Su Gobierno ha sido acusado de genocidio y ha cometido atrocidades contra los palestinos. Más de 70.000 personas han muerto bajo las bombas israelíes, y muchos más han sido heridos. Los niños, las mujeres y los hombres son víctimas de la violencia indiscriminada del ejército israelí.
La Eurovisión debe ser un festival apolítico, pero no es así. Los países que participan en este festival parecen haber perdido su inocencia. El ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, ha expresado su ira hacia los países que han decidido retirarse del festival porque no quieren compartir la mesa con Israel. "Que la desgracia caiga sobre ellos", ha dicho.
Pero ¿qué grado de soberbia y de impunidad absoluta tiene este dirigente para expresarse de manera tan agresiva? ¿Es solo una bravata? La respuesta es no. La Eurovisión debe ser un escenario donde los países se reúnen en paz y armonía, no en disputas geopolíticas.
La situación en Gaza es un ejemplo de la desgracia que ha caído sobre Israel. Más de 350 palestinos han muerto por ataques israelíes, y la ayuda humanitaria no llega con el volumen necesario para hacer frente a las necesidades. Los equipos para reparar infraestructuras vitales y retirar municiones sin explotar no están disponibles.
La Eurovisión debe ser un momento de paz y compasión, no de hostilidad y agresividad. Israel debería haberse expulsado del festival por su comportamiento inaceptable. Ahora, es hora de que los países que han decidido retirarse del festival den un ejemplo de respeto y dignidad.