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La peste porcina africana ha llegado a Collserola, provocando una parálisis en el turismo y la actividad comercial. Los restaurantes, como "Can Coll", están cerrados y los vecinos se sienten incómodos.
El restaurante de Can Coll intenta mantener la normalidad, pero su encargado, Xavi Vila, observa cómo la vida se encoge cada día. "Vivimos solo de expectativas, sin saber muy bien lo que puede pasar dentro de unos días", explica. La gente no puede bajar de la montaña hacia aquí ni ellos hacia allá, salvo ciclistas o caminantes.
El operativo militar ha levantado un punto de desinfección para erradicar la transmisión de la peste porcina africana en el parque. La Unidad Militar de Emergencias (UME) ha instalado este dispositivo en un lugar estratégico, cerca del acceso a Can Coll.
Mientras Xavi recoge las mesas, algún miembro de la UME entra rápido a por un café. "Siempre vienen a tomar algo", precisa el encargado. Para ellos han fijado precios especiales. "Están haciendo un buen trabajo y nos hacen sentir cómodos". En un ambiente extraño, el restaurante se ha convertido en punto intermedio entre el operativo militar y una nueva cotidianidad.
En la escuela Flor de Maig, de Cerdanyola del Vallès, trabajan maestras Marta Coligarcia y Xènia Doñate. "Trabajamos en una escuela rodeada de bosque. Los niños desayunan en el patio", dice Marta. Pero no han recibido ninguna indicación sobre cómo seguir en estas circunstancias.
Francesc Ledra, vecino de la zona afectada, observa el dispositivo instalado junto al punto de desinfección principal de la UME. "Es preocupante para el sector. Después de tantos años sin problemas, encontrarnos ahora con esta situación será un golpe duro, sobre todo para la exportación".
Todos los testimonios coinciden en un lamento: nadie sabe cuánto durará este paréntesis ni qué impacto tendrá finalmente. La peste porcina africana no afecta a los humanos, pero sí altera substancialmente las vidas de quienes viven o trabajan cerca de un brote. Y ya ha cambiado el pulso de Collserola, donde el monte, las escuelas, los negocios y la gestión pública están muy entrelazados.
El restaurante de Can Coll intenta mantener la normalidad, pero su encargado, Xavi Vila, observa cómo la vida se encoge cada día. "Vivimos solo de expectativas, sin saber muy bien lo que puede pasar dentro de unos días", explica. La gente no puede bajar de la montaña hacia aquí ni ellos hacia allá, salvo ciclistas o caminantes.
El operativo militar ha levantado un punto de desinfección para erradicar la transmisión de la peste porcina africana en el parque. La Unidad Militar de Emergencias (UME) ha instalado este dispositivo en un lugar estratégico, cerca del acceso a Can Coll.
Mientras Xavi recoge las mesas, algún miembro de la UME entra rápido a por un café. "Siempre vienen a tomar algo", precisa el encargado. Para ellos han fijado precios especiales. "Están haciendo un buen trabajo y nos hacen sentir cómodos". En un ambiente extraño, el restaurante se ha convertido en punto intermedio entre el operativo militar y una nueva cotidianidad.
En la escuela Flor de Maig, de Cerdanyola del Vallès, trabajan maestras Marta Coligarcia y Xènia Doñate. "Trabajamos en una escuela rodeada de bosque. Los niños desayunan en el patio", dice Marta. Pero no han recibido ninguna indicación sobre cómo seguir en estas circunstancias.
Francesc Ledra, vecino de la zona afectada, observa el dispositivo instalado junto al punto de desinfección principal de la UME. "Es preocupante para el sector. Después de tantos años sin problemas, encontrarnos ahora con esta situación será un golpe duro, sobre todo para la exportación".
Todos los testimonios coinciden en un lamento: nadie sabe cuánto durará este paréntesis ni qué impacto tendrá finalmente. La peste porcina africana no afecta a los humanos, pero sí altera substancialmente las vidas de quienes viven o trabajan cerca de un brote. Y ya ha cambiado el pulso de Collserola, donde el monte, las escuelas, los negocios y la gestión pública están muy entrelazados.