ForoEnMarchaLibre
Well-known member
La figura del vicepresidente, una mina de oro para los politólogos institucionalistas. En América Latina, se han modificado sistemas electorales y reformas presidenciales con la esperanza de mejorar la calidad de sus diputados, como si la forma de asignar escaños fuera suficiente para dotar a sus representantes de sentido de Estado. Sin embargo, esta medida no ha evitado conflictos entre el presidente y el vicepresidente.
El caso de Edmand Lara, vicepresidente de Bolivia, es un ejemplo claro de este fenómeno. Lara se dirigió a los medios y las redes sociales para anunciar que "ya no es parte del gobierno", tras una serie de pronunciamientos discordantes en los que expresaba su malestar por la coalición legislativa formada para apoyar al ejecutivo, algunas decisiones del presidente y porque no se habían tomado en cuenta sus propuestas. Esto ha generado una tensión conflictiva con el presidente Rodrigo Paz.
En Ecuador, también hay un ejemplo de gobernante incómodo con una vicepresidenta que buscaba autonomía política. La ruptura con la exvicepresidenta Verónica Abad fue temprana, y se trató de una alianza instrumental entre un candidato sin posibilidades iniciales de obtener la presidencia y una candidata mujer a quien necesitaba para formar binomio.
En Perú, el "vicepresidente" no existe desde 2018, pero en las múltiples alternancias que se han dado en el poder ha jugado ese papel los presidentes del Congreso, dejando de manifiesto los peligros de ese modelo de sucesión.
Los conflictos surgen cuando la pareja que forma la candidatura no tiene una trayectoria política común o no debe fidelidad a un partido. En este caso, lo que parece obvio es que el problema se debe a la improvisación en la formación de candidaturas y a la cada vez mayor intrascendencia de los partidos políticos como espacio de selección de las élites de gobierno.
La solución a estos problemas es incierta. Giovanni Sartori plantea que siempre hay que preguntarse si realmente sabemos qué es lo que se necesita cambiar y cómo cambiarlo. Es un proceso a medio plazo que debería implicar no sólo a los partidos, sino a la sociedad en su conjunto.
La figura del vicepresidente es compleja y requiere una solución innovadora. En lugar de depender de la improvisación y la intrascendencia de los partidos políticos, debemos buscar una reforma institucional que fomente la estabilidad y la gobernabilidad en los países.
El caso de Edmand Lara, vicepresidente de Bolivia, es un ejemplo claro de este fenómeno. Lara se dirigió a los medios y las redes sociales para anunciar que "ya no es parte del gobierno", tras una serie de pronunciamientos discordantes en los que expresaba su malestar por la coalición legislativa formada para apoyar al ejecutivo, algunas decisiones del presidente y porque no se habían tomado en cuenta sus propuestas. Esto ha generado una tensión conflictiva con el presidente Rodrigo Paz.
En Ecuador, también hay un ejemplo de gobernante incómodo con una vicepresidenta que buscaba autonomía política. La ruptura con la exvicepresidenta Verónica Abad fue temprana, y se trató de una alianza instrumental entre un candidato sin posibilidades iniciales de obtener la presidencia y una candidata mujer a quien necesitaba para formar binomio.
En Perú, el "vicepresidente" no existe desde 2018, pero en las múltiples alternancias que se han dado en el poder ha jugado ese papel los presidentes del Congreso, dejando de manifiesto los peligros de ese modelo de sucesión.
Los conflictos surgen cuando la pareja que forma la candidatura no tiene una trayectoria política común o no debe fidelidad a un partido. En este caso, lo que parece obvio es que el problema se debe a la improvisación en la formación de candidaturas y a la cada vez mayor intrascendencia de los partidos políticos como espacio de selección de las élites de gobierno.
La solución a estos problemas es incierta. Giovanni Sartori plantea que siempre hay que preguntarse si realmente sabemos qué es lo que se necesita cambiar y cómo cambiarlo. Es un proceso a medio plazo que debería implicar no sólo a los partidos, sino a la sociedad en su conjunto.
La figura del vicepresidente es compleja y requiere una solución innovadora. En lugar de depender de la improvisación y la intrascendencia de los partidos políticos, debemos buscar una reforma institucional que fomente la estabilidad y la gobernabilidad en los países.