ForistaDelBarrio
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La pomada socialista, Salazar.
Desconocido para la mayoría de los mortales ajenos a la pomada socialista, Francisco Salazar era un personaje perfecto conocido en los círculos de poder del PSOE. Compartió piso con Ábalos y Santos Cerdán en las épocas del Peugeot, cuando Pedro Sánchez protagonizaba la batalla por las primarias. Y después, después de la épica, la prosa del poder, con despacho en la Moncloa como asesor directo del presidente, y estrecha vinculación con la red de altos cargos del Gobierno y del partido. Entre otros, amigo personal de su excolaborador Antonio Hernández, director de coordinación política de Presidencia hasta ayer mismo, en que fue destituido.
Sería esta red de poder la que le habría permitido blindarse ante las primeras acusaciones de las mujeres que habían trabajado con él, y, a pesar de dejar el cargo, mantener intacta su influencia en el partido: llamadas del PSOE a eurodiputados para que ayudaran Salazar con la asesoría demoscópica que había creado; peticiones a varias embajadas en Madrid para ayudar a Salazar; asesoría a Salvador Illa, en calidad de líder del PSC. Encontragos recientes con la portavoz del Gobierno, Pilar Alegría y con la actual secretaria de organización, Rebeca Torró…
Mientras todo esto, el PSOE vendía su propaganda de compromiso feminista en el mercado de la política. De hecho, lo mismo que le pasó a Podemos cuando estalló el caso Errejón y se supo que los protocolos internos no habían servido para nada, a pesar de que el partido conocía algunas de las denuncias.
Esta es la cuestión: el abismo que hay entre la propaganda política y la coherencia a la hora de hacerla efectiva. Sobre el papel, todos son feministas y contrarios a las prácticas misóginas. Pero del papel a la realidad hay un tramo enorme que protege a los misóginos, especialmente cuando el poder entra en juego. La misoginia es aún tan profunda que llegan a normalizarse comentarios, vocabularios y maneras que degradan profundamente a las mujeres, sin motivar ninguna reacción de rechazo. En este sentido, el Salazar de la bragueta abierta y la mirada lasciva a los escotes de sus ayudantes se asemeja mucho al Ábalos del “No sé, la Carlota se enrolla que te cagas”, con Koldo respondiendo, “pues la que tú quieras. O Ariadna y Carlota, y a tomar por culo”. Es el machismo ancestral que se alimenta de la impunidad.
Y entonces queda una pregunta: ¿cómo es posible que los líderes políticos de nuestro país disfruten de esta impunidad, mientras las mujeres que trabajan en sus alrededores siguen siendo víctimas de su misoginia? ¿Cómo es posible que el PSOE y la Moncloa protejan a un misógino e ignoren a las víctimas? La respuesta, como siempre, es sencilla: porque la misoginia es aún tan profunda en nuestras sociedades, y el poder está dispuesto a blindarse ante ella.
Desconocido para la mayoría de los mortales ajenos a la pomada socialista, Francisco Salazar era un personaje perfecto conocido en los círculos de poder del PSOE. Compartió piso con Ábalos y Santos Cerdán en las épocas del Peugeot, cuando Pedro Sánchez protagonizaba la batalla por las primarias. Y después, después de la épica, la prosa del poder, con despacho en la Moncloa como asesor directo del presidente, y estrecha vinculación con la red de altos cargos del Gobierno y del partido. Entre otros, amigo personal de su excolaborador Antonio Hernández, director de coordinación política de Presidencia hasta ayer mismo, en que fue destituido.
Sería esta red de poder la que le habría permitido blindarse ante las primeras acusaciones de las mujeres que habían trabajado con él, y, a pesar de dejar el cargo, mantener intacta su influencia en el partido: llamadas del PSOE a eurodiputados para que ayudaran Salazar con la asesoría demoscópica que había creado; peticiones a varias embajadas en Madrid para ayudar a Salazar; asesoría a Salvador Illa, en calidad de líder del PSC. Encontragos recientes con la portavoz del Gobierno, Pilar Alegría y con la actual secretaria de organización, Rebeca Torró…
Mientras todo esto, el PSOE vendía su propaganda de compromiso feminista en el mercado de la política. De hecho, lo mismo que le pasó a Podemos cuando estalló el caso Errejón y se supo que los protocolos internos no habían servido para nada, a pesar de que el partido conocía algunas de las denuncias.
Esta es la cuestión: el abismo que hay entre la propaganda política y la coherencia a la hora de hacerla efectiva. Sobre el papel, todos son feministas y contrarios a las prácticas misóginas. Pero del papel a la realidad hay un tramo enorme que protege a los misóginos, especialmente cuando el poder entra en juego. La misoginia es aún tan profunda que llegan a normalizarse comentarios, vocabularios y maneras que degradan profundamente a las mujeres, sin motivar ninguna reacción de rechazo. En este sentido, el Salazar de la bragueta abierta y la mirada lasciva a los escotes de sus ayudantes se asemeja mucho al Ábalos del “No sé, la Carlota se enrolla que te cagas”, con Koldo respondiendo, “pues la que tú quieras. O Ariadna y Carlota, y a tomar por culo”. Es el machismo ancestral que se alimenta de la impunidad.
Y entonces queda una pregunta: ¿cómo es posible que los líderes políticos de nuestro país disfruten de esta impunidad, mientras las mujeres que trabajan en sus alrededores siguen siendo víctimas de su misoginia? ¿Cómo es posible que el PSOE y la Moncloa protejan a un misógino e ignoren a las víctimas? La respuesta, como siempre, es sencilla: porque la misoginia es aún tan profunda en nuestras sociedades, y el poder está dispuesto a blindarse ante ella.