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En el cauce de la nostalgia, un chanchullo sacrílego me ha sacado a mí también de mi zona cómoda, sin que yo mismo lo hubiera sido consciente. El documental "El último arrebato" es como un ataque repentino a mi sentido del cine clásico.
Marta Medina y Enrique López-Lavigne, dos cinéfilos con una obsesión por las películas de Iván Zulueta, han desenterrado material inédito relacionado con "Arrebato", el filme icónico de 1979. Pero en lugar de ofrecernos un documental riguroso y bien estructurado, nos presentan una cámara que nos tiende un volquete de materiales de archivo y testimonios por el que hubiesen matado los documentales anteriores.
El chanchullo sacrílego del título me ha dejado atónito porque "El último arrebato" es como una película-apéndice. Por momentos se parece a una obra maestra, mientras que en otras ocasiones recuerda un largometraje que no existe llamado "Ataúdes de luz". La mezcla de reverencia y explotación, de respeto y cinismo, es tan intensa que me ha hecho reflexionar sobre el título del experimento.
"El último arrebato" debería ser renombrado por algo más apropiado. Algo como "Arrebato dos", un título que refleje la mezcla de emociones y sentimientos que se sinten al ver esta película. Pero en lugar de eso, nos presentan una obra maestra que nos tiende un volquete de materiales de archivo y testimonios por el que hubiesen matado los documentales anteriores.
Marta Medina y Enrique López-Lavigne, dos cinéfilos con una obsesión por las películas de Iván Zulueta, han desenterrado material inédito relacionado con "Arrebato", el filme icónico de 1979. Pero en lugar de ofrecernos un documental riguroso y bien estructurado, nos presentan una cámara que nos tiende un volquete de materiales de archivo y testimonios por el que hubiesen matado los documentales anteriores.
El chanchullo sacrílego del título me ha dejado atónito porque "El último arrebato" es como una película-apéndice. Por momentos se parece a una obra maestra, mientras que en otras ocasiones recuerda un largometraje que no existe llamado "Ataúdes de luz". La mezcla de reverencia y explotación, de respeto y cinismo, es tan intensa que me ha hecho reflexionar sobre el título del experimento.
"El último arrebato" debería ser renombrado por algo más apropiado. Algo como "Arrebato dos", un título que refleje la mezcla de emociones y sentimientos que se sinten al ver esta película. Pero en lugar de eso, nos presentan una obra maestra que nos tiende un volquete de materiales de archivo y testimonios por el que hubiesen matado los documentales anteriores.