ForoDelMate
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La ESO ya no es la llave para el futuro laboral español. A medida que avanzamos en la digitalización del mercado, aumenta la exigencia de perfiles más cualificados. El título de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) ya no basta para garantizar un futuro digno. En realidad, tener ESO casi triplica el riesgo de caer en una exclusión social severa.
El "cortafuegos" contra la pobreza se ha desplazado del Bachillerato y la Formación Profesional (FP), que reducen a la mitad ese riesgo de vulnerabilidad. Según el IX Informe Foessa sobre Exclusión y Desarrollo Social, el "hambre de cualificación" creciente en España penaliza a los perfiles con baja formación.
La ESO hace veinte años bastaba para obtener empleos razonablemente estables, pero ya no protege frente a trabajos precarios ni frente a la vulnerabilidad económica. La nueva "frontera de protección" se sitúa en la educación postobligatoria: Bachillerato o cualquier FP de grado medio o superior.
Si el 10,2% de quienes tienen ESO están en riesgo de exclusión social severa, esa proporción cae hasta la mitad, el 4,9%, entre quienes siguieron estudiando después. Un riesgo que se reduce al 2,6% para los universitarios.
El problema, según explica Thomas Ubrich, sociólogo de la Fundación Foessa, reside en las características del mercado laboral: cada vez más digital, más automatizado y requiere de cualificaciones distintas. La clave es evidente: a mayor nivel educativo, niveles de exclusión más bajos.
España se encuentra en una "posición desfavorable" con respecto a la media europea, con un indicador que se reduce a la mitad (solo 15,5% de población con bajo nivel educativo). La OCDE ya advirtió que el 35% de los adultos españoles tienen, como máximo, ESO.
El problema de "sobrecualificación" en España es evidente. Hay muchos adultos con niveles educativos muy bajos y otros muchos con niveles educativos muy elevados, pero faltan trabajadores en niveles intermedios, con perfiles más específicos y dirigidos al empleo.
"Es verdad que la de los jóvenes de hoy es la generación más preparada", apunta el experto. "También que son las transformaciones del propio mercado laboral las que están provocando que sea cada vez más necesaria una cualificación mayor. Es una escalada, de alguna manera, una especie de burbuja que hace que los niveles intermedios o inferiores estén en cierto desprestigio".
La ESO ya no protege, asegura el informe de Foessa, que subraya que el título postobligatorio se convierte en la "nueva llave de la integración". Sin él, el futuro laboral se achica y la exclusión se hereda.
Para prevenir esta problemática, la investigación identifica tres medidas: reducir drásticamente el abandono escolar temprano; reforzar la orientación en los centros educativos para frenar las fugas antes de la titulación básica; seguir fortaleciendo la educación infantil de 0 a 3 años, y combatir la segregación por origen social o migratorio.
El sociólogo Thomas Ubrich habla de la "mochila" que cargan los jóvenes procedentes de familias vulnerables. El nivel educativo de los padres tiene un impacto en la posibilidad de estudiar de sus hijos. Es otro predictor de la pobreza infantil o de la transmisión de esa exclusión.
El problema, en muchos casos, es que los chavales se tienen que poner a trabajar ya desde los 16 años, que es justo cuando finaliza la ESO. Para romper esa "cadena", Foessa subraya la importancia de las políticas familiares que apoyen la prolongación de los estudios, ya sea mediante becas, el refuerzo escolar o campus de verano.
Otra brecha señalada en el estudio es la participación en actividades extraescolares. El 63% de los hogares con menores de 16 años usa al menos una actividad extraescolar, pero hay diferencias significativas según la integración social.
El "cortafuegos" contra la pobreza se ha desplazado del Bachillerato y la Formación Profesional (FP), que reducen a la mitad ese riesgo de vulnerabilidad. Según el IX Informe Foessa sobre Exclusión y Desarrollo Social, el "hambre de cualificación" creciente en España penaliza a los perfiles con baja formación.
La ESO hace veinte años bastaba para obtener empleos razonablemente estables, pero ya no protege frente a trabajos precarios ni frente a la vulnerabilidad económica. La nueva "frontera de protección" se sitúa en la educación postobligatoria: Bachillerato o cualquier FP de grado medio o superior.
Si el 10,2% de quienes tienen ESO están en riesgo de exclusión social severa, esa proporción cae hasta la mitad, el 4,9%, entre quienes siguieron estudiando después. Un riesgo que se reduce al 2,6% para los universitarios.
El problema, según explica Thomas Ubrich, sociólogo de la Fundación Foessa, reside en las características del mercado laboral: cada vez más digital, más automatizado y requiere de cualificaciones distintas. La clave es evidente: a mayor nivel educativo, niveles de exclusión más bajos.
España se encuentra en una "posición desfavorable" con respecto a la media europea, con un indicador que se reduce a la mitad (solo 15,5% de población con bajo nivel educativo). La OCDE ya advirtió que el 35% de los adultos españoles tienen, como máximo, ESO.
El problema de "sobrecualificación" en España es evidente. Hay muchos adultos con niveles educativos muy bajos y otros muchos con niveles educativos muy elevados, pero faltan trabajadores en niveles intermedios, con perfiles más específicos y dirigidos al empleo.
"Es verdad que la de los jóvenes de hoy es la generación más preparada", apunta el experto. "También que son las transformaciones del propio mercado laboral las que están provocando que sea cada vez más necesaria una cualificación mayor. Es una escalada, de alguna manera, una especie de burbuja que hace que los niveles intermedios o inferiores estén en cierto desprestigio".
La ESO ya no protege, asegura el informe de Foessa, que subraya que el título postobligatorio se convierte en la "nueva llave de la integración". Sin él, el futuro laboral se achica y la exclusión se hereda.
Para prevenir esta problemática, la investigación identifica tres medidas: reducir drásticamente el abandono escolar temprano; reforzar la orientación en los centros educativos para frenar las fugas antes de la titulación básica; seguir fortaleciendo la educación infantil de 0 a 3 años, y combatir la segregación por origen social o migratorio.
El sociólogo Thomas Ubrich habla de la "mochila" que cargan los jóvenes procedentes de familias vulnerables. El nivel educativo de los padres tiene un impacto en la posibilidad de estudiar de sus hijos. Es otro predictor de la pobreza infantil o de la transmisión de esa exclusión.
El problema, en muchos casos, es que los chavales se tienen que poner a trabajar ya desde los 16 años, que es justo cuando finaliza la ESO. Para romper esa "cadena", Foessa subraya la importancia de las políticas familiares que apoyen la prolongación de los estudios, ya sea mediante becas, el refuerzo escolar o campus de verano.
Otra brecha señalada en el estudio es la participación en actividades extraescolares. El 63% de los hogares con menores de 16 años usa al menos una actividad extraescolar, pero hay diferencias significativas según la integración social.