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En América Latina y el Caribe, un fenómeno que pasaba desapercibido en el debate educativo ha vuelto a hacerse patente: el calor extremo. Está interrumpiendo clases y afectando el aprendizaje de millones de estudiantes. Según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el calor supera los 26,7°C y provoca una reducción cercana al 1% del aprendizaje anual.
Este deterioro, que se acumula a largo plazo, compromete el desarrollo de toda una generación. Las temperaturas extremas no son una molestia pasajera, sino una pérdida real de conocimientos y habilidades que limita las oportunidades futuras de millones de niños y niñas en la región.
La situación es grave: 15 millones de estudiantes estarán en riesgo de no aprender debido a zonas donde las escuelas carecen de capacidad para garantizar un ambiente térmico cómodo. El calor extremo no solo afecta al sistema educativo, sino también al desarrollo económico de la región.
Se estima que las pérdidas de aprendizaje asociadas con el calor extremo podrían traducirse en unos 22.000 millones de dólares anuales (casi 18.900 millones de euros) en ingresos laborales futuros. El gran desafío no es técnico, sino de planificación.
Las soluciones para aumentar la resiliencia de los sistemas educativos al calor extremo ya existen y son simples y efectivas. Se basan en adaptar la infraestructura escolar, los tiempos y las modalidades educativas para proteger los aprendizajes de los estudiantes.
La primera línea de defensa es la infraestructura escolar: pintar un tejado o las paredes de blanco, plantar árboles alrededor de la escuela y diseñar ventanas que permitan circular el aire. Estas estrategias pasivas de mitigación térmica son soluciones efectivas para reducir la temperatura en el aula sin consumir electricidad ni impactar el medio ambiente.
Cuando el calor es extremo, los ventiladores, extractores de aire caliente y el aire acondicionado se convierte en una alternativa para complementar las estrategias pasivas. Estas soluciones son rentables: por cada dólar invertido, los países pueden recuperar entre 2 y 55 dólares en beneficios futuros.
El gran desafío es priorizar y dirigir los recursos hacia las escuelas más vulnerables al calor. De esta manera, los gobiernos pueden transformar escuelas vulnerables en escuelas preparadas. Lo que está en juego es simple: proteger el aprendizaje y, con ello, el futuro económico de la región.
Para proteger las oportunidades de las próximas generaciones, el momento de actuar es ahora.
Este deterioro, que se acumula a largo plazo, compromete el desarrollo de toda una generación. Las temperaturas extremas no son una molestia pasajera, sino una pérdida real de conocimientos y habilidades que limita las oportunidades futuras de millones de niños y niñas en la región.
La situación es grave: 15 millones de estudiantes estarán en riesgo de no aprender debido a zonas donde las escuelas carecen de capacidad para garantizar un ambiente térmico cómodo. El calor extremo no solo afecta al sistema educativo, sino también al desarrollo económico de la región.
Se estima que las pérdidas de aprendizaje asociadas con el calor extremo podrían traducirse en unos 22.000 millones de dólares anuales (casi 18.900 millones de euros) en ingresos laborales futuros. El gran desafío no es técnico, sino de planificación.
Las soluciones para aumentar la resiliencia de los sistemas educativos al calor extremo ya existen y son simples y efectivas. Se basan en adaptar la infraestructura escolar, los tiempos y las modalidades educativas para proteger los aprendizajes de los estudiantes.
La primera línea de defensa es la infraestructura escolar: pintar un tejado o las paredes de blanco, plantar árboles alrededor de la escuela y diseñar ventanas que permitan circular el aire. Estas estrategias pasivas de mitigación térmica son soluciones efectivas para reducir la temperatura en el aula sin consumir electricidad ni impactar el medio ambiente.
Cuando el calor es extremo, los ventiladores, extractores de aire caliente y el aire acondicionado se convierte en una alternativa para complementar las estrategias pasivas. Estas soluciones son rentables: por cada dólar invertido, los países pueden recuperar entre 2 y 55 dólares en beneficios futuros.
El gran desafío es priorizar y dirigir los recursos hacia las escuelas más vulnerables al calor. De esta manera, los gobiernos pueden transformar escuelas vulnerables en escuelas preparadas. Lo que está en juego es simple: proteger el aprendizaje y, con ello, el futuro económico de la región.
Para proteger las oportunidades de las próximas generaciones, el momento de actuar es ahora.