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¿Cómo distinguir entre el dolor "bueno" y las señales de alarma cuando haces ejercicio? El dolor es una parte natural del proceso de adaptación muscular, pero no todos los dolores son iguales. Hay dos tipos principales de dolor: el "dolor bueno", que se siente durante el esfuerzo y desaparece con la recuperación, y el "dolor malo" o agujeta, que es una señal de lesión.
Cuando haces ejercicio, especialmente si es algo nuevo o más intenso de lo habitual, pones tus músculos al límite. A nivel microscópico, las fibras musculares soportan un estrés que provoca microlesiones o microdesgarros. Este proceso es natural y es la forma en que se produce el crecimiento y el aumento de la fuerza muscular.
La respuesta del organismo es una leve inflamación, que de nuevo no es perjudicial, ya que forma parte del mecanismo de reparación de estas células. La inflamación se desarrolla en los siguientes días y alcanza el pico entre las 48 y las 72 horas siguientes al ejercicio. Esto es lo que conocemos como agujetas, que clínicamente se llama dolor muscular de aparición tardía o DOMS por sus siglas en inglés.
Sin embargo, no todos los dolores son iguales. Si el dolor es localizado y específico, puede ser una señal de lesión más grave. En este caso, es importante buscar atención médica. La incapacidad funcional es la mejor señal de que hay un daño estructural.
En cuanto a tratar el dolor bueno y el dolor malo, las opciones son diferentes. El "dolor bueno" se trata con recuperación activa: actividad física suave, como un paseo o unos estiramientos leves, que ayudan a movilizar el músculo y mejorar el riego sanguíneo. La terapia manual con masaje también puede ser eficaz.
Por el contrario, si sospechas que se trata de una lesión muscular o articular, hay que administrar primeros auxilios. El protocolo más habitual se llama RICE (por sus siglas en inglés), y tiene estos pasos: reposo, hielo, compresión y elevación.
En resumen, no todos los dolores son iguales. Es importante saber distinguir entre el "dolor bueno" y las señales de alarma para poder tratarlo adecuadamente y evitar lesiones más graves. Escuchar a tu cuerpo es importante, pero también es necesario entender lo que te dice para tomar las medidas adecuadas.
Cuando haces ejercicio, especialmente si es algo nuevo o más intenso de lo habitual, pones tus músculos al límite. A nivel microscópico, las fibras musculares soportan un estrés que provoca microlesiones o microdesgarros. Este proceso es natural y es la forma en que se produce el crecimiento y el aumento de la fuerza muscular.
La respuesta del organismo es una leve inflamación, que de nuevo no es perjudicial, ya que forma parte del mecanismo de reparación de estas células. La inflamación se desarrolla en los siguientes días y alcanza el pico entre las 48 y las 72 horas siguientes al ejercicio. Esto es lo que conocemos como agujetas, que clínicamente se llama dolor muscular de aparición tardía o DOMS por sus siglas en inglés.
Sin embargo, no todos los dolores son iguales. Si el dolor es localizado y específico, puede ser una señal de lesión más grave. En este caso, es importante buscar atención médica. La incapacidad funcional es la mejor señal de que hay un daño estructural.
En cuanto a tratar el dolor bueno y el dolor malo, las opciones son diferentes. El "dolor bueno" se trata con recuperación activa: actividad física suave, como un paseo o unos estiramientos leves, que ayudan a movilizar el músculo y mejorar el riego sanguíneo. La terapia manual con masaje también puede ser eficaz.
Por el contrario, si sospechas que se trata de una lesión muscular o articular, hay que administrar primeros auxilios. El protocolo más habitual se llama RICE (por sus siglas en inglés), y tiene estos pasos: reposo, hielo, compresión y elevación.
En resumen, no todos los dolores son iguales. Es importante saber distinguir entre el "dolor bueno" y las señales de alarma para poder tratarlo adecuadamente y evitar lesiones más graves. Escuchar a tu cuerpo es importante, pero también es necesario entender lo que te dice para tomar las medidas adecuadas.