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La mala de "La momia" se coló en la inauguración del Gran Museo Egipcio. La imagen de la máscara de Tutankamón creada por drones en la ceremonia de inauguración del nuevo Gran Museo Egipcio.
La inauguración, que seguí en línea, fue típicamente egipcia, con gran despliegue de medios, sobre todo humanos —que no falte gente: centenares de extras ataviados de antiguos egipcios y con un bastón-lámpara acabado en forma de pirámide que causará furor en Ikea—, y la recargada fastuosidad a que nos tienen acostumbradas las autoridades del país en las grandes ocasiones. Como si volvieran a inaugurar el Canal de Suez o la Nueva Biblioteca de Alejandría, con la que el GEM, en árabe al-Mathaf al Misriyy al-Kabir, que se alza a tiro de piedra (2 kilómetros) de las pirámides de Giza, guarda algunos parecidos.
La gala fue larga y abigarrada e hizo pensar en la advertencia de aquel estudioso: “Es el deber de la egiptología despertar a los muertos, no enviar a dormir a los vivos”. Retengo de la ceremonia los drones dibujando iconos egiptológicos en el cielo (como la máscara de Tutankamón o su ataúd), los fuegos artificiales, los derviches y los láseres punteando las pirámides; las dos majestuosas orquestas interpretando un programa de un gran eclecticismo (Debussy, Rimski-Kórsakov, música tradicional nubia), o los cantantes —rostros conocidos del <i>star system</i> egipcio— que se sucedían entre panorámicas aéreas del museo y <i>travelings</i> por su interior, especialmente por la gran escalinata de estatuas y el gran vestíbulo (todo es grande en el GEM).
La presencia de unas criaturas como nereidas o sirenas que flotaban en el espacio añadía una dimensión onírica y feérica. Pero sobre todo, con permiso de Rania de Jordania y su vestido rojo, me quedo con la emocionante aparición de reyes y reinas faraónicos tanto en el exterior del nuevo centro, que ocupa la extensión de 70 campos de fútbol, como en otros puntos monumentales con los que se iba conectando la fiesta.
Me pareció reconocer a Ramsés II, a Tutankamón (rellenito y con un grueso escarabeo dorado en el pecho), a Akenatón, Hatshepsut, Nefertiti, Nefertari, Cleopatra… Sin embargo, lo que más me sorprendió fue ver entre los miembros de una de las cortes reales recreadas, la desplegada en Giza, a una princesa ¡igualita a Anck-Su-Namun!, la ficticia concubina de Seti I y amante secreta del gran sacerdote Imhotep en <i>La momia</i><i>,</i> la versión de 1999 del clásico.
Es difícil decir si la chica de la ceremonia, que cargaba un gran ankh, la cruz ansada egipcia de la vida, se parecía por pura casualidad a la actriz Patricia Velásquez del filme, la mala de la historia, o alguien decidió hacernos un guiño a los egiptomános más recalcitrantes. Pero el caso es que la irrupción de la princesa de largo cabello azabache liso, rostro altivo, anguloso y sensual y vestido dorado (menos audaz que el de la escena inicial de la película, eso sí) provocaba un sobresalto y te metía en la ceremonia de manera que no lo hacían los discursos oficiales.
La verdad es que muchos no nos hemos creído que el GEM se inaugurara de verdad hasta ver las imágenes del presidente Abdel Fattah al Sisi saludando a los dignatarios que desencochaban en una larga fila de automóviles de alta gama junto al nuevo museo, entre trompetazos y fanfarrias. Llegados hasta ahí, hubiera sido muy fuerte dar otro plantón.
La inauguración del GEM no era solo para marcar la apertura del museo —del que se espera que atraiga a 5 millones de visitantes al año, aumentando el turismo en un 20%—, sino para celebrar la civilización toda de Egipto, promover sus riquezas culturales (incluidas las coptas y musulmanas) y enviar un mensaje al mundo no únicamente sobre la esperanza y la voluntad de paz sino acerca del músculo económico del país.
La referencia a Tutankamón en la ceremonia fue numerosa. Era menos previsible que las hubiera a Howard Carter como sucedió, aunque la inauguración optó por la leyenda y darle el mérito del descubrimiento de la tumba al niño egipcio Hussein Abd el-Rassul, que habría encontrado el primer escalón que conducía al sepulcro.
Se mostraron imágenes del pequeño aguador y las famosas de Carter trabajando en la tumba. Y finalmente otro niño, este de carne y hueso, Aser, se convirtió en protagonista de la ceremonia descubriendo con asombro infantil todas las maravillas del museo, que son muchas: 100.000 objetos desde el Predinástico al periodo romano, incluyendo los dos barcos solares de Keops.
El Gran Museo Egipcio es una nueva etapa en la historia de Egipto. Es una nueva oportunidad para que los egipcios se sientan orgullosos de su patrimonio cultural y que el mundo vea a Egipto como un país con un gran legado histórico.
La inauguración, que seguí en línea, fue típicamente egipcia, con gran despliegue de medios, sobre todo humanos —que no falte gente: centenares de extras ataviados de antiguos egipcios y con un bastón-lámpara acabado en forma de pirámide que causará furor en Ikea—, y la recargada fastuosidad a que nos tienen acostumbradas las autoridades del país en las grandes ocasiones. Como si volvieran a inaugurar el Canal de Suez o la Nueva Biblioteca de Alejandría, con la que el GEM, en árabe al-Mathaf al Misriyy al-Kabir, que se alza a tiro de piedra (2 kilómetros) de las pirámides de Giza, guarda algunos parecidos.
La gala fue larga y abigarrada e hizo pensar en la advertencia de aquel estudioso: “Es el deber de la egiptología despertar a los muertos, no enviar a dormir a los vivos”. Retengo de la ceremonia los drones dibujando iconos egiptológicos en el cielo (como la máscara de Tutankamón o su ataúd), los fuegos artificiales, los derviches y los láseres punteando las pirámides; las dos majestuosas orquestas interpretando un programa de un gran eclecticismo (Debussy, Rimski-Kórsakov, música tradicional nubia), o los cantantes —rostros conocidos del <i>star system</i> egipcio— que se sucedían entre panorámicas aéreas del museo y <i>travelings</i> por su interior, especialmente por la gran escalinata de estatuas y el gran vestíbulo (todo es grande en el GEM).
La presencia de unas criaturas como nereidas o sirenas que flotaban en el espacio añadía una dimensión onírica y feérica. Pero sobre todo, con permiso de Rania de Jordania y su vestido rojo, me quedo con la emocionante aparición de reyes y reinas faraónicos tanto en el exterior del nuevo centro, que ocupa la extensión de 70 campos de fútbol, como en otros puntos monumentales con los que se iba conectando la fiesta.
Me pareció reconocer a Ramsés II, a Tutankamón (rellenito y con un grueso escarabeo dorado en el pecho), a Akenatón, Hatshepsut, Nefertiti, Nefertari, Cleopatra… Sin embargo, lo que más me sorprendió fue ver entre los miembros de una de las cortes reales recreadas, la desplegada en Giza, a una princesa ¡igualita a Anck-Su-Namun!, la ficticia concubina de Seti I y amante secreta del gran sacerdote Imhotep en <i>La momia</i><i>,</i> la versión de 1999 del clásico.
Es difícil decir si la chica de la ceremonia, que cargaba un gran ankh, la cruz ansada egipcia de la vida, se parecía por pura casualidad a la actriz Patricia Velásquez del filme, la mala de la historia, o alguien decidió hacernos un guiño a los egiptomános más recalcitrantes. Pero el caso es que la irrupción de la princesa de largo cabello azabache liso, rostro altivo, anguloso y sensual y vestido dorado (menos audaz que el de la escena inicial de la película, eso sí) provocaba un sobresalto y te metía en la ceremonia de manera que no lo hacían los discursos oficiales.
La verdad es que muchos no nos hemos creído que el GEM se inaugurara de verdad hasta ver las imágenes del presidente Abdel Fattah al Sisi saludando a los dignatarios que desencochaban en una larga fila de automóviles de alta gama junto al nuevo museo, entre trompetazos y fanfarrias. Llegados hasta ahí, hubiera sido muy fuerte dar otro plantón.
La inauguración del GEM no era solo para marcar la apertura del museo —del que se espera que atraiga a 5 millones de visitantes al año, aumentando el turismo en un 20%—, sino para celebrar la civilización toda de Egipto, promover sus riquezas culturales (incluidas las coptas y musulmanas) y enviar un mensaje al mundo no únicamente sobre la esperanza y la voluntad de paz sino acerca del músculo económico del país.
La referencia a Tutankamón en la ceremonia fue numerosa. Era menos previsible que las hubiera a Howard Carter como sucedió, aunque la inauguración optó por la leyenda y darle el mérito del descubrimiento de la tumba al niño egipcio Hussein Abd el-Rassul, que habría encontrado el primer escalón que conducía al sepulcro.
Se mostraron imágenes del pequeño aguador y las famosas de Carter trabajando en la tumba. Y finalmente otro niño, este de carne y hueso, Aser, se convirtió en protagonista de la ceremonia descubriendo con asombro infantil todas las maravillas del museo, que son muchas: 100.000 objetos desde el Predinástico al periodo romano, incluyendo los dos barcos solares de Keops.
El Gran Museo Egipcio es una nueva etapa en la historia de Egipto. Es una nueva oportunidad para que los egipcios se sientan orgullosos de su patrimonio cultural y que el mundo vea a Egipto como un país con un gran legado histórico.