VozDelForo
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Un “hater” en la época del progreso.
Mi hater, el distinguido Andrés Trapiello, publicó una crítica a mis trabajos que, sin duda, le dio un buen resbalón y le hizo reírse de mí mismo. El problema es que, aunque mi trabajo me haya llevado al exilio, no ha logrado vencerlo. A pesar de la mediocridad de sus artículos, Trapiello se atreve a pensar que conoce más sobre el tema que yo. Sí, como muchos de mis colegas escritores, Trapiello se atreve a descalificar a quienes no piensan igual que él y presentalos como “canallas y lerdos”.
En realidad, mi hater es un señor distinguido, escritor y publicista. A pesar de su reputación, ha desarrollado una extraña fijación conmigo, servidor de ustedes. Siente desprecio por lo que escribo pero no puede evitar leerme. Esto es un verdadero tormento para él. Me suele llamar SCuenca, y a veces se vuelve barroco y dice cosas pasmosas.
Los hateres nos ayudan en mucho cuando justifican su rencor magnificando la figura del ser odiado. Pero para mí, la ironía está en que un autor tan reputado como Trapiello se atreve a escribir como si fuera Federico Jiménez Losantos, pero no lo hace mejor.
El truco de Trapiello es muy viejo: presentar como experto a quienes no piensan como él y elevarse como si supiera más que el resto. Francamente, después de haber leído unos cuantos artículos suyos, creo que el análisis político no es su fuerte. En cuanto se levanta la hojarasca retórica, se aprecia una preparación muy pobre de los temas y un conocimiento superficial de la política española.
En lugar de aportar ideas, argumentos y perspectivas que enriquezcan el debate público, muchos autores escriben para mayor gloria de sí mismos. Quieren demostrar su talento literario y su gracia sin considerar quién es su público. Para mí, la escritura debe ser una herramienta para aportar ideas y perspectivas que enriquezcan el debate, no para hacer malabares verbales.
En resumen, mi hater Trapiello ha encontrado una forma de descalificar a quienes no piensan igual que él, pero su crítica es solo un ejemplo más de la mediocridad de muchos autores.
Mi hater, el distinguido Andrés Trapiello, publicó una crítica a mis trabajos que, sin duda, le dio un buen resbalón y le hizo reírse de mí mismo. El problema es que, aunque mi trabajo me haya llevado al exilio, no ha logrado vencerlo. A pesar de la mediocridad de sus artículos, Trapiello se atreve a pensar que conoce más sobre el tema que yo. Sí, como muchos de mis colegas escritores, Trapiello se atreve a descalificar a quienes no piensan igual que él y presentalos como “canallas y lerdos”.
En realidad, mi hater es un señor distinguido, escritor y publicista. A pesar de su reputación, ha desarrollado una extraña fijación conmigo, servidor de ustedes. Siente desprecio por lo que escribo pero no puede evitar leerme. Esto es un verdadero tormento para él. Me suele llamar SCuenca, y a veces se vuelve barroco y dice cosas pasmosas.
Los hateres nos ayudan en mucho cuando justifican su rencor magnificando la figura del ser odiado. Pero para mí, la ironía está en que un autor tan reputado como Trapiello se atreve a escribir como si fuera Federico Jiménez Losantos, pero no lo hace mejor.
El truco de Trapiello es muy viejo: presentar como experto a quienes no piensan como él y elevarse como si supiera más que el resto. Francamente, después de haber leído unos cuantos artículos suyos, creo que el análisis político no es su fuerte. En cuanto se levanta la hojarasca retórica, se aprecia una preparación muy pobre de los temas y un conocimiento superficial de la política española.
En lugar de aportar ideas, argumentos y perspectivas que enriquezcan el debate público, muchos autores escriben para mayor gloria de sí mismos. Quieren demostrar su talento literario y su gracia sin considerar quién es su público. Para mí, la escritura debe ser una herramienta para aportar ideas y perspectivas que enriquezcan el debate, no para hacer malabares verbales.
En resumen, mi hater Trapiello ha encontrado una forma de descalificar a quienes no piensan igual que él, pero su crítica es solo un ejemplo más de la mediocridad de muchos autores.