CharlaDelSur
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Un sistema que funciona bien para los pájaros, pero no para la humanidad. Los padres helicóptero, ese término que ha ganado popularidad en las últimas décadas, se refiere a aquellos que sobrevuelan constantemente su hijo, controlando cada paso de su vida. Desde el despertar hasta acostarse, todo está bajo la mirada y la intervención de los padres.
Esto genera un sistema de protección tan absoluto que los jóvenes no tienen oportunidad de madurar a su edad. No se les da la libertad para equivocarse, ni para aprender de sus errores. Todo es planificado, todo está programado. Los padres se convierten en árbitros inmutables, y no hay espacio para el espíritu independiente.
Los resultados son alarmantes. Jóvenes dependientes, incapaces de tomar decisiones por sí mismos, sin autonomía ni libertad. Suenan como robots programados, sin imaginación ni creatividad. Y los padres, satisfechos y convencidos de haber cumplido con su deber. Pero ¿cómo pueden sentirse seguros cuando su hijo no es capaz de tomar decisiones por sí mismo? ¿Cómo puede creer que su hijo se volverá independiente si no le da la oportunidad de aprender a vivir?
El egoísmo sutil que subyace en esta sobreprotección es peligroso. Los padres no están haciendo lo mejor para sus hijos, sino que están protegiéndose a sí mismos. No se dan cuenta de que están limitando la oportunidad de su hijo a crecer y desarrollarse como persona. Y cuando su hijo finalmente se convierte en adulto, ¿estará preparado para enfrentar los desafíos de la vida? ¿Tendrá las habilidades necesarias para tomar decisiones por sí mismo?
La realidad es que la hiperprotección impide vivir, planear, equivocarse, rectificar y caer. Los jóvenes no tienen la oportunidad de aprender de sus errores, de superar sus miedos y de desarrollar su propia personalidad. Y los padres, satisfechos con su sistema de control, no se dan cuenta del daño que están haciendo a su hijo.
Es hora de cambiar esto. Es hora de dar a los jóvenes la oportunidad de crecer y desarrollarse como personas. Es hora de permitirles equivocarse, de aprender de sus errores y de tomar decisiones por sí mismos. La protección es importante, pero no a costa de la libertad y la autonomía.
Esto genera un sistema de protección tan absoluto que los jóvenes no tienen oportunidad de madurar a su edad. No se les da la libertad para equivocarse, ni para aprender de sus errores. Todo es planificado, todo está programado. Los padres se convierten en árbitros inmutables, y no hay espacio para el espíritu independiente.
Los resultados son alarmantes. Jóvenes dependientes, incapaces de tomar decisiones por sí mismos, sin autonomía ni libertad. Suenan como robots programados, sin imaginación ni creatividad. Y los padres, satisfechos y convencidos de haber cumplido con su deber. Pero ¿cómo pueden sentirse seguros cuando su hijo no es capaz de tomar decisiones por sí mismo? ¿Cómo puede creer que su hijo se volverá independiente si no le da la oportunidad de aprender a vivir?
El egoísmo sutil que subyace en esta sobreprotección es peligroso. Los padres no están haciendo lo mejor para sus hijos, sino que están protegiéndose a sí mismos. No se dan cuenta de que están limitando la oportunidad de su hijo a crecer y desarrollarse como persona. Y cuando su hijo finalmente se convierte en adulto, ¿estará preparado para enfrentar los desafíos de la vida? ¿Tendrá las habilidades necesarias para tomar decisiones por sí mismo?
La realidad es que la hiperprotección impide vivir, planear, equivocarse, rectificar y caer. Los jóvenes no tienen la oportunidad de aprender de sus errores, de superar sus miedos y de desarrollar su propia personalidad. Y los padres, satisfechos con su sistema de control, no se dan cuenta del daño que están haciendo a su hijo.
Es hora de cambiar esto. Es hora de dar a los jóvenes la oportunidad de crecer y desarrollarse como personas. Es hora de permitirles equivocarse, de aprender de sus errores y de tomar decisiones por sí mismos. La protección es importante, pero no a costa de la libertad y la autonomía.