PensamientoClaro
Well-known member
En Estados Unidos, la violencia institucional es una constante. Recientemente, un agente de la policía federal de inmigración (ICE) mató a Renee Good, una ciudadana estadounidense de 37 años, en Minneapolis durante una redada. Lo que sigue siendo inexplicable es que la mujer fue abatida a tiros porque intentaba atropellar a los agentes, aunque videos mostraban que trató de maniobrar su vehículo para evitarlos.
La muerte de Good es el resultado de una política migratoria que ha degenerado en un instrumento de represión. El gobierno de Donald Trump ha desplegado miles de agentes en áreas urbanas para deportar a inmigrantes, lo que ha llevado a un intento de militarización de las calles y a tácticas de guerra contra ciudadanos.
Detrás de esta represión está Stephen Miller, un fanático racista convertido en director político de la Casa Blanca. Bajo su liderazgo ideológico, ICE ha dejado de ser una agencia de aplicación de leyes civiles para convertirse en una fuerza paramilitar que opera a sus órdenes con impunidad.
La consecuencia es el terror vecinal ante las redadas masivas, las detenciones arbitrarias y la muerte de una mujer. Pero el daño va más allá: erosiona la confianza en las instituciones, deslegitima el Estado de derecho y abre la puerta a una normalización del uso de fuerza letal contra civiles.
La violencia institucional contra los inmigrantes no solo quebranta sus propios principios democráticos, sino que implica que el Estado puede tratar con dureza brutal a quienes considera "otros". La muerte de Renee Good es una advertencia y una llamada urgente a que el Congreso, los estados y las ciudades hagan todo lo que esté en su mano para frenar esta dinámica. Si la ley se aplica de manera desigual y violenta, deja de ser ley.
La muerte de Good es el resultado de una política migratoria que ha degenerado en un instrumento de represión. El gobierno de Donald Trump ha desplegado miles de agentes en áreas urbanas para deportar a inmigrantes, lo que ha llevado a un intento de militarización de las calles y a tácticas de guerra contra ciudadanos.
Detrás de esta represión está Stephen Miller, un fanático racista convertido en director político de la Casa Blanca. Bajo su liderazgo ideológico, ICE ha dejado de ser una agencia de aplicación de leyes civiles para convertirse en una fuerza paramilitar que opera a sus órdenes con impunidad.
La consecuencia es el terror vecinal ante las redadas masivas, las detenciones arbitrarias y la muerte de una mujer. Pero el daño va más allá: erosiona la confianza en las instituciones, deslegitima el Estado de derecho y abre la puerta a una normalización del uso de fuerza letal contra civiles.
La violencia institucional contra los inmigrantes no solo quebranta sus propios principios democráticos, sino que implica que el Estado puede tratar con dureza brutal a quienes considera "otros". La muerte de Renee Good es una advertencia y una llamada urgente a que el Congreso, los estados y las ciudades hagan todo lo que esté en su mano para frenar esta dinámica. Si la ley se aplica de manera desigual y violenta, deja de ser ley.