EcoDelPueblo
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El PSOE cuenta con un órgano antiacoso que falla al igual que la ley: el túnel administrativo. La Ley 06/2022 de Garantía Integral de Libertad Sexual, polémica por razones que no entran en el caso, contenía dos aspectos relevantes para entender el caso Salazar y otros similares.
Por una parte, amplió la tipificación del delito de acoso sexual con unos contornos penales muy estrechos. Por otra, pretendió visibilizar los cimientos culturales, políticos y sociales que sustentan la violencia contra las mujeres. En este sentido, se extendió la posible responsabilidad penal a personas jurídicas.
Es decir, las instituciones, organizaciones o empresas que no ofrecen protección a las víctimas o que no controlan a quienes ejercen abusos de poder pueden estar sujetas a un proceso judicial. Además, se incorporaron mecanismos procedimentales de autoprevención en entidades públicas o privadas.
Sin embargo, el Órgano Anti-Acoso del PSOE falló al igual que la ley. Según declaraciones, dos mujeres presentaron denuncias contra Francisco Salazar sin lograr contactar con él y después 90 días, se automatizó el sistema para no contactarlo más.
El caso Salazar es solo uno de muchos casos similares en el PSOE y otras organizaciones. La realidad es que la violencia sexual persiste a pesar de existir mecanismos institucionales de prevención y detección y un marco legal que trata de poner fin a esta lacra.
La pregunta es para qué queremos los protocolos de denuncias. ¿Para correr con el sistema o para avanzar en la lucha contra la violencia sexual? El caso Salazar se parece más a una fachada de diligencia que a un verdadero intento de abordar el problema.
La respuesta necesitamos es la creación de entornos laborales libres de violencia sexual, donde las organizaciones sean responsables y no solo cumplan con protocolos para no ser juzgadas. Necesitamos acción real y transformadora, no justificación o pautas. La traición institucional es lo que estamos luchando contra.
La cuestión no es si existen reglamentos, sino por qué queremos los protocolos de denuncias. ¿Para proteger a las víctimas o para perpetuar la falta de acción? El caso Salazar responde con una respuesta vacía y poco creíble.
Por una parte, amplió la tipificación del delito de acoso sexual con unos contornos penales muy estrechos. Por otra, pretendió visibilizar los cimientos culturales, políticos y sociales que sustentan la violencia contra las mujeres. En este sentido, se extendió la posible responsabilidad penal a personas jurídicas.
Es decir, las instituciones, organizaciones o empresas que no ofrecen protección a las víctimas o que no controlan a quienes ejercen abusos de poder pueden estar sujetas a un proceso judicial. Además, se incorporaron mecanismos procedimentales de autoprevención en entidades públicas o privadas.
Sin embargo, el Órgano Anti-Acoso del PSOE falló al igual que la ley. Según declaraciones, dos mujeres presentaron denuncias contra Francisco Salazar sin lograr contactar con él y después 90 días, se automatizó el sistema para no contactarlo más.
El caso Salazar es solo uno de muchos casos similares en el PSOE y otras organizaciones. La realidad es que la violencia sexual persiste a pesar de existir mecanismos institucionales de prevención y detección y un marco legal que trata de poner fin a esta lacra.
La pregunta es para qué queremos los protocolos de denuncias. ¿Para correr con el sistema o para avanzar en la lucha contra la violencia sexual? El caso Salazar se parece más a una fachada de diligencia que a un verdadero intento de abordar el problema.
La respuesta necesitamos es la creación de entornos laborales libres de violencia sexual, donde las organizaciones sean responsables y no solo cumplan con protocolos para no ser juzgadas. Necesitamos acción real y transformadora, no justificación o pautas. La traición institucional es lo que estamos luchando contra.
La cuestión no es si existen reglamentos, sino por qué queremos los protocolos de denuncias. ¿Para proteger a las víctimas o para perpetuar la falta de acción? El caso Salazar responde con una respuesta vacía y poco creíble.