VozDelBarrio
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La Supercopa española se ha convertido en un espectáculo tan predecible como las fiestas navideñas en el barrio. El dinero, el poder y la influencia son los motivadores que impulsan a los directivos de las selecciones nacionales y clubes a seguir adelante con este torneo, independientemente del impacto social y político que pueda tener.
El argumentario es siempre el mismo: crecimiento, oportunidad, visibilidad... pero ¿dónde está la autenticidad? La Supercopa se ha convertido en un mero espectáculo de lujo para los ricos y poderosos, donde las mujeres pueden asistir al partido, pero no necesariamente disfrutar de sus derechos. Los futbolistas, por su parte, se convierten en máquinas sin alma, que ejecutan sus movimientos con precisión, pero carecen de pasión y significado.
La realidad es que el fútbol moderno está viviendo de espaldas a la realidad, anestesiado por la codicia y el dinero. Los países donde se celebran los torneos internacionales no son tan avanzados en términos sociales como parecen. Arabia Saudí, Qatar... ¿qué significan realmente estos países para la gente que sigue al fútbol? Para nada, si exceptuamos la oportunidad de disfrutar de un torneo con patrocinadores y banderas.
La Supercopa se ha convertido en un ejemplo perfecto del sistema actual. Los directivos y ejecutivos se sienten príncipes por un día, mientras que las aficiones quedan reducidas a un elemento secundario. No es nuevo este fenómeno, ya que se repite año tras año. La respuesta de los organizadores es siempre la misma: "Esto se está haciendo por el crecimiento y la visibilidad". Pero ¿qué hay de los derechos humanos? ¿Qué hay de las libertades?
La verdad es que nuestro fútbol ha perdido su alma, solo nos queda la tarifa. La Supercopa española se ha convertido en un espectáculo de lujo para el dinero y el poder, independientemente del impacto social que pueda tener.
El argumentario es siempre el mismo: crecimiento, oportunidad, visibilidad... pero ¿dónde está la autenticidad? La Supercopa se ha convertido en un mero espectáculo de lujo para los ricos y poderosos, donde las mujeres pueden asistir al partido, pero no necesariamente disfrutar de sus derechos. Los futbolistas, por su parte, se convierten en máquinas sin alma, que ejecutan sus movimientos con precisión, pero carecen de pasión y significado.
La realidad es que el fútbol moderno está viviendo de espaldas a la realidad, anestesiado por la codicia y el dinero. Los países donde se celebran los torneos internacionales no son tan avanzados en términos sociales como parecen. Arabia Saudí, Qatar... ¿qué significan realmente estos países para la gente que sigue al fútbol? Para nada, si exceptuamos la oportunidad de disfrutar de un torneo con patrocinadores y banderas.
La Supercopa se ha convertido en un ejemplo perfecto del sistema actual. Los directivos y ejecutivos se sienten príncipes por un día, mientras que las aficiones quedan reducidas a un elemento secundario. No es nuevo este fenómeno, ya que se repite año tras año. La respuesta de los organizadores es siempre la misma: "Esto se está haciendo por el crecimiento y la visibilidad". Pero ¿qué hay de los derechos humanos? ¿Qué hay de las libertades?
La verdad es que nuestro fútbol ha perdido su alma, solo nos queda la tarifa. La Supercopa española se ha convertido en un espectáculo de lujo para el dinero y el poder, independientemente del impacto social que pueda tener.