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Donald Trump se desviste de la máscara del liberalismo y, bajo ella, revela un mundo multipolar basado en intereses nacionales y relaciones bilaterales competitivas. Es el fin del multilateralismo, que una vez fue el modelo para el orden mundial después de la Segunda Guerra Mundial.
El sistema multilateral, diseñado por Estados Unidos como superpotencia única tras el desmembramiento de la Unión Soviética, promovió un orden liberal basado en reglas compartidas y estables. Aunque sucedieron guerras en países terceros y luego se gestionaron colectivamente, muchos países más poderosos consideran que este modelo ha evitado guerras en sus propios territorios.
Sin embargo, desde el Sur global, la historia del multilateralismo es otra: explotación de recursos naturales ajenos, grandes principios humanitarios o políticos para justificar intervenciones. La globalización trajo fenómenos contradictorios como migraciones masivas al primer mundo y la fuga de industrias al tercer mundo.
La forma en que Trump busca congraciarse con su electorado es demoliendo este sistema. Defiende un modelo basado en varios centros de poder donde prevalecen los intereses nacionales y las relaciones bilaterales competitivas, como negociar un precio para comprar la isla de Groenlandia.
En realidad, el mundo se encuentra en una fase transitoria entre el modelo multilateral y el multipolar. La guerra de Irak puede explicarse como un intento fallido y contraproducente de Estados Unidos de extender su zona de influencia. Trump acelera estos fenómenos sin máscaras, defendiendo los intereses estadounidenses sin excusas ni retóricas.
No habla de exportar la democracia ni los derechos humanos, y no busca resoluciones de la ONU como escudos. Su enfoque es el de hombres fuertes, autoritarismo y democracia iliberal. Es un viento que llega hasta el colegio electoral: marca por dónde sopla el viento.
Concluimos que Donald Trump se desviste del liberalismo para mostrar un mundo multipolar basado en intereses nacionales y relaciones competitivas, donde prevalece la fuerza en la postura negociadora. Un mundo donde no hay remilgos en admitir que Estados Unidos trae la democracia o las normas al resto del mundo a su servicio.
La pregunta es: ¿por qué Trump intuyó esto? ¿Es más sincero que sus predecesores, tan proisraelíes como él? No. Lo que Trump intuye es que el espíritu de los tiempos es el de los hombres fuertes, el autoritarismo y la democracia iliberal.
El sistema multilateral, diseñado por Estados Unidos como superpotencia única tras el desmembramiento de la Unión Soviética, promovió un orden liberal basado en reglas compartidas y estables. Aunque sucedieron guerras en países terceros y luego se gestionaron colectivamente, muchos países más poderosos consideran que este modelo ha evitado guerras en sus propios territorios.
Sin embargo, desde el Sur global, la historia del multilateralismo es otra: explotación de recursos naturales ajenos, grandes principios humanitarios o políticos para justificar intervenciones. La globalización trajo fenómenos contradictorios como migraciones masivas al primer mundo y la fuga de industrias al tercer mundo.
La forma en que Trump busca congraciarse con su electorado es demoliendo este sistema. Defiende un modelo basado en varios centros de poder donde prevalecen los intereses nacionales y las relaciones bilaterales competitivas, como negociar un precio para comprar la isla de Groenlandia.
En realidad, el mundo se encuentra en una fase transitoria entre el modelo multilateral y el multipolar. La guerra de Irak puede explicarse como un intento fallido y contraproducente de Estados Unidos de extender su zona de influencia. Trump acelera estos fenómenos sin máscaras, defendiendo los intereses estadounidenses sin excusas ni retóricas.
No habla de exportar la democracia ni los derechos humanos, y no busca resoluciones de la ONU como escudos. Su enfoque es el de hombres fuertes, autoritarismo y democracia iliberal. Es un viento que llega hasta el colegio electoral: marca por dónde sopla el viento.
Concluimos que Donald Trump se desviste del liberalismo para mostrar un mundo multipolar basado en intereses nacionales y relaciones competitivas, donde prevalece la fuerza en la postura negociadora. Un mundo donde no hay remilgos en admitir que Estados Unidos trae la democracia o las normas al resto del mundo a su servicio.
La pregunta es: ¿por qué Trump intuyó esto? ¿Es más sincero que sus predecesores, tan proisraelíes como él? No. Lo que Trump intuye es que el espíritu de los tiempos es el de los hombres fuertes, el autoritarismo y la democracia iliberal.