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La generación Z no busca el ascenso en el trabajo, sino tranquilidad y tiempo libre.
El "minimalismo profesional" es un término que ha surgido para describir la filosofía laboral de los jóvenes del siglo XXI. Para ellos, el trabajo no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para lograr la estabilidad financiera, la seguridad y el tiempo libre.
Un ejemplo de esta mentalidad es la historia de Karla Guzmán, una joven médica que abandonó sus dos empleos anteriores debido a la "explotación laboral". Estaba agotada física y mentalmente después de trabajar turnos nocturnos de 12 horas o más. Ahora trabaja en un call center médico desde casa con horarios más estables.
Este patrón se repite en todo el país, según la encuesta de Glassdoor que muestra que un 68% de los empleados menores de 29 años no buscarían un puesto directivo si no fuera por el sueldo o el título. La mayoría de estos jóvenes prefieren el ascenso horizontal, es decir, saltar de plataforma en plataforma, elegidas con estrategia, según lo que les convenga en cada etapa.
Otro ejemplo es la historia de Aylin Silva, una productora audiovisual que decidió convertirse en freelance después de sentirse "fácilmente reemplazable" y estresada por las expectativas de sus empleadores. Ahora tiene autonomía y control sobre su tiempo, lo que le permite recuperar propósito y propiciar proyectos propios.
La clave del "minimalismo profesional" es la transparencia y la comunicación entre las empresas y los trabajadores. Las empresas deben demostrar transparencia desde el momento cero, ofrecer liderazgo, reconocimiento, una participación activa y seguridad psicológica. De esta manera, se puede fomentar ese sentido de pertenencia que tanto a Karla Guzmán como a Aylin Silva les falta en sus experiencias laborales.
En resumen, la generación Z busca más estabilidad financiera, tiempo libre y seguridad, y no el ascenso en el trabajo. Las empresas deben adaptarse a estas necesidades y ofrecer una cultura laboral que sea flexible, autónoma y justa.
El "minimalismo profesional" es un término que ha surgido para describir la filosofía laboral de los jóvenes del siglo XXI. Para ellos, el trabajo no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para lograr la estabilidad financiera, la seguridad y el tiempo libre.
Un ejemplo de esta mentalidad es la historia de Karla Guzmán, una joven médica que abandonó sus dos empleos anteriores debido a la "explotación laboral". Estaba agotada física y mentalmente después de trabajar turnos nocturnos de 12 horas o más. Ahora trabaja en un call center médico desde casa con horarios más estables.
Este patrón se repite en todo el país, según la encuesta de Glassdoor que muestra que un 68% de los empleados menores de 29 años no buscarían un puesto directivo si no fuera por el sueldo o el título. La mayoría de estos jóvenes prefieren el ascenso horizontal, es decir, saltar de plataforma en plataforma, elegidas con estrategia, según lo que les convenga en cada etapa.
Otro ejemplo es la historia de Aylin Silva, una productora audiovisual que decidió convertirse en freelance después de sentirse "fácilmente reemplazable" y estresada por las expectativas de sus empleadores. Ahora tiene autonomía y control sobre su tiempo, lo que le permite recuperar propósito y propiciar proyectos propios.
La clave del "minimalismo profesional" es la transparencia y la comunicación entre las empresas y los trabajadores. Las empresas deben demostrar transparencia desde el momento cero, ofrecer liderazgo, reconocimiento, una participación activa y seguridad psicológica. De esta manera, se puede fomentar ese sentido de pertenencia que tanto a Karla Guzmán como a Aylin Silva les falta en sus experiencias laborales.
En resumen, la generación Z busca más estabilidad financiera, tiempo libre y seguridad, y no el ascenso en el trabajo. Las empresas deben adaptarse a estas necesidades y ofrecer una cultura laboral que sea flexible, autónoma y justa.