En el barrio de Santa Mónica, una casita canónica y tranquila se convirtió en el escenario de un drama arquitectónico sin precedentes. El bungalow perfectamente normal, construido en los años veinte, fue la herramienta elegida por Frank Gehry para probar teorías y técnicas que más tarde darían lugar a algunos de sus proyectos más icónicos.
La casa se convirtió en un laboratorio, una especie de "matrioshka" contemporánea donde dos capas superponibles revelaban y ocultaban objetos. La primera capa era la casita original, mientras que la segunda capa era el envoltorio metálico, mallas, contrachapados y vidrios que Gehry diseñó para rodearla.
Este gesto doméstico, medio loco, medio valiente, fue el ensayo general de todo lo que vendría después. Bilbao, El Disney Hall, la Fondation Louis Vuitton: proyectos gigantescos con presupuestos siderales y poleas conceptuales complejas, pero cuya semilla era esta, un bungalow envuelto, una carcasa metálica rodeando una casita holandesa.
Gehry no se limitó a reformar la casa, sino que lo hizo con una intuición feroz: que la arquitectura debía contar otra historia sin borrar la anterior. Esta decisión íntima, de envolver y revelar, es la base de su estilo característico, el que luego se llamaría deconstructivista.
En ese momento, los setenta eran una época más experimental, menos obsesionada con el cromatismo homogéneo del barrio. La transformación del bungalow en un objeto arquitectónico único y polémico fue aceptada por la mayoría de sus vecinos, quienes incluso comenzaron a llamar al conjunto "la casa rara".
Hoy en día, esta casa es recordada como el primer proyecto personal de riesgo de Gehry, donde aparece por primera vez su estilo embrionario. Es un ejemplo del cómo una decisión arquitectónica puede cambiar la forma en que pensamos sobre la arquitectura y cómo una vivienda doméstica se puede convertir en una obra maestra.
La casa de Gehry es un recordatorio de que la arquitectura no siempre tiene que ser monumental o espectacular. A veces, lo más innovador y revolucionario es algo tan simple como envolver lo que ya existe y obligarlo a revelar algo nuevo.
La casa se convirtió en un laboratorio, una especie de "matrioshka" contemporánea donde dos capas superponibles revelaban y ocultaban objetos. La primera capa era la casita original, mientras que la segunda capa era el envoltorio metálico, mallas, contrachapados y vidrios que Gehry diseñó para rodearla.
Este gesto doméstico, medio loco, medio valiente, fue el ensayo general de todo lo que vendría después. Bilbao, El Disney Hall, la Fondation Louis Vuitton: proyectos gigantescos con presupuestos siderales y poleas conceptuales complejas, pero cuya semilla era esta, un bungalow envuelto, una carcasa metálica rodeando una casita holandesa.
Gehry no se limitó a reformar la casa, sino que lo hizo con una intuición feroz: que la arquitectura debía contar otra historia sin borrar la anterior. Esta decisión íntima, de envolver y revelar, es la base de su estilo característico, el que luego se llamaría deconstructivista.
En ese momento, los setenta eran una época más experimental, menos obsesionada con el cromatismo homogéneo del barrio. La transformación del bungalow en un objeto arquitectónico único y polémico fue aceptada por la mayoría de sus vecinos, quienes incluso comenzaron a llamar al conjunto "la casa rara".
Hoy en día, esta casa es recordada como el primer proyecto personal de riesgo de Gehry, donde aparece por primera vez su estilo embrionario. Es un ejemplo del cómo una decisión arquitectónica puede cambiar la forma en que pensamos sobre la arquitectura y cómo una vivienda doméstica se puede convertir en una obra maestra.
La casa de Gehry es un recordatorio de que la arquitectura no siempre tiene que ser monumental o espectacular. A veces, lo más innovador y revolucionario es algo tan simple como envolver lo que ya existe y obligarlo a revelar algo nuevo.